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Se pueden ver muchas películas, pero son pocas las que se vuelven a ver. Estas son las que alguna vez volví a ver y volvería a hacerlo. No es una lista de las mejores películas de mi vida, simplemente de quince grandes títulos que estaré buscando en los próximos meses.
*** Alta Fidelidad (Frears, 2000). Esta adaptación de una novela de Nick Hornby se ha merecido varias revisiones y nunca ha fallado. John Cusack tiene el trabajo que todos hemos soñado alguna vez: es dueño de una disquería con aspiraciones indie. Es, además, un muchacho sensible con una buena colección de vinilos y un corazón roto dispuesto a ser enmendado por Lisa Bonet cantando ?Show me the way?, de Frampton. Momento inolvidable: cuando le ?vende? Beta Band a un grupo de compradores melancólicos.
*** Gatica (Favio, 2000). Lo mejor que ha dado el peronismo en los últimos 50 años. El Mono Gatica fue una estrella del boxeo que supo rozar la fama para caer estrepitosamente en el fango de la desidia y el olvido. Haber apoyado con ferocidad al peronismo de Evita no le ayudó mucho, es cierto, pero queda claro que él fue su principal enemigo. Leonardo Favio habla de cosas que sabe y la mirada a su protagonista tiene esa compasión que solo tienen los grandes. Un buen doble programa. Favio lo podría completar con Soñar soñar y otro boxeador caído en desgracia, Carlos Monzón.
*** La chica de rosa (Deutch, 1985). Con Molly Ringwald, Andrew McCarthy y Jon Cryer haciendo de geek encantador pero tremendo loser. Los ochenta nunca se vieron ni se escucharon tan bien. La banda de sonido incluye a New Order, OMD y los Psychodelic Furs, cuya hermosa canción da nombre a la película. La trama es vulgar: nena con onda que se siente fea y saca adelante un hogar con un padre venido a menos (¡Dennis Hopper!) que se enamora del más lindo de la clase, aunque ella siente que a su nivel está el piola feo.
*** Cuscús (Abdellatif Kechiche, 2007). Un Hitchcock gastronómico ubicado en la comunidad norafricana del puerto de Marsella. Kechiche es tunecino pero filma en Francia, donde sus películas suelen ser premiadas; su difusión internacional es limitada. Cuscús, cuyo título original es La grainet et le mulet, ganó el Gran Premio Especial del Jurado en Venecia y dos premios César: como mejor director y por el mejor filme. Un portuario que es despedido intenta abrir un restaurante flotante con el cuscús de su mujer como estrella del menú. Se le va a complicar. Un filme entrañable.
*** La hora del lobo (Bergman, 1968). Hay que tener ganas, muchas ganas, para someterse otra vez a una película de la etapa más existencial de Bergman, pero bueno, como la versión en VHS era borrosa y la película transcurre de noche, había que hacerlo. Es una película de terror como esas japonesas de las que tanto se habla ahora. Max von Sidow es un pintor que no puede dormir de noche, justo en ese momento en que los fantasmas salen a hacer de las suyas.
*** Muerte en Venecia (Visconti, 1971). Dirk Bogarde, el pederasta perfecto, muriéndose al sol y esa impertinente senda de tinta cayéndole del pelo. Luchino Visconti parecía saber de qué hablaba cuando contaba, a partir de la novela de Thomas Mann, la decadencia de un compositor que se deslumbra con la belleza etérea de un efebo adolescente y rubio, que resume, en su gesto distante, todas sus fantasías. La música de Gustav Mahler ayuda y Venecia aporta el nivel de deterioro que necesita el protagonista, territorio que Visconti sabía mostrar como nadie. Hoy poco recordado, Bogarde es uno de los grandes actores de la Historia.
*** Siempre (Spielberg, 1989) La playa nunca fue lo mismo desde que en una escena de Tiburón, el actor Roy Schneider busca desesperado a su hijo en medio de una estampida de bañistas. Sólo con eso bastaría para entender la grandeza de Spielberg. ¿Pero qué pasa con sus películas menores? Siempre es una remake de una película de 1940 en la que un piloto muerto vuelve a la vida para ayudar a un novato que se enamora de su antigua novia. Se la recuerda con la simpatía con la que se suele ver las obras más pequeñas de los genios.
*** Silencio se enreda (Bogdanovich, 1992) A una altura de su carrera donde nadie daba nada por él, el cineasta más talentoso de la generación de los 70 recurrió a un recurso poco común en él: el teatro. Basada en una obra de Michael Frayn, supone el dislate en el escenario y detrás de bambalinas de una comedia en gira nacional. No hay guión más careta, pero sin embargo, uno no para de reírse. Hasta Christopher Reeve, antes de la silla de ruedas, está muy gracioso.
*** Sombras (Cassavetes, 1954). Ahora que todos mencionan la influencia de John Cassavetes, el gran director independiente americano, sería bueno volver a ver qué estaba haciendo en su primera película. Era puro jazz ?desde la banda de sonido hasta que todo fuera improvisado: el guión, los diálogos y los planos? y también era Generación Beat. Un experimento genial. Cassavetes demostraría aún mucho más.
*** Terminator (Cameron, 1984). La última película de la saga es como el Metal Machine Music de Lou Reed: una insoportable sucesión de ruido. A diferencia del músico neoyorquino no se trata de un capricho artístico sino de una exigencia del mercado. Por eso conviene volver a la primera de la serie, donde James ?soy el rey del mudo? Cameron mostraba cómo se puede revitalizar un género, experimentar con la tecnología y, sin embargo, hacer una película humana. Dicen que logra lo mismo con Avatar, su nueva película en 3D. Y Schwarzenegger nunca estuvo mejor.
*** Todo por un sueño (Van Sant, 1995). Nicole Kidman es una de las grandes del cine. Acá hace un papel que le va justo: una rubia ingrata que sueña con ser estrella de televisión aunque para eso tenga que librarse del lastre de un marido común y corriente. Para hacerlo, seduce a un trío de inadaptados sociales (que bien podrían ser protagonistas de la trilogía sobre la adolescencia que integra, por ejemplo, Elefante) entre los que está River Phoenix. Esta es una de las razones por las que, quizás, Van Sant sea el mejor director americano de la actualidad.
*** Tonto y retonto (Hermanos Farrelly, 1994). La mejor comedia de todos los tiempos. Carrey en estado puro, cuando ya era el mejor de su generación sin necesidad de complacer a la burguesía con The Truman Show. Road movie sobre dos oligofrénicos que cruzan Estados Unidos para devolverle una maleta a una mujer que ni se entera lo que eso le genera al zapallo de Carrey.
*** Totalmente salvaje (Demme, 1986). ¡Qué buena que era! Una comedia multicultural sobre un empleado bancario algo anodino (Jeff Daniels, otra vez) que se cruza con el espíritu libre de Melanie Griffith y se mete de lleno en una serie de aventuras alocadas. Entre ellas se incluye un par de posiciones sexuales nuevas (aunque se las recuerda algo naif) y cruzarse con un Ray Liotta furioso de venganza. Jonathan Demme era cosa seria en esos tiempos -doble programa sugerido con Casada con la mafia- y aunque después pareció ceder hacia territorios más convencionales (El silencio de los inocentes), su cine siempre se ha mantenido inquieto.
*** Visa al paraíso (Brooks, 1991). El género comedia romántica posmortem siempre rinde (qué buena El cielo se equivocó, de Emile Ardolino), pero acá está Meryl Streep y Albert Brooks produciendo, dirigiendo y actuando en su formato Woody Allen menos pretencioso. Es un hombre bastante timorato que aprende a ser mejor persona y de paso conoce al amor de su vida en el limbo, mientras debe defender su vida para decidir su futuro celestial o infernal. En todo caso, la decisión no depende de lo bueno que pudimos ser para los demás, sino para uno mismo.
*** Experto en diversión (Hughes, 1980). La mejor rabona del cine. Simplemente eso basta para definirla y recordarla muchas veces... y además aparece Matthew Broderick cantando Sigue Sigue Sputnik en la ducha.
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