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Mi habitación es la 828 -la de Leonard Cohen fue la 222, la de Bob Dylan, la 211-. Del pestillo cuelga uno de esos carteles de ?no molestar? típicos de los hoteles, sólo que éste dice: ?Por favor, no molestar. Estoy escribiendo la próxima gran novela americana?. La habitación explota de luz. Desde la ventana se ven los techos vacíos, las azoteas deshabitadas; sólo tanques de agua y estructuras de metal. El baño es compartido y queda en el pasillo. Sobre la cama hay un shampoo y un jabón que dicen Hotel Chelsea New York. A rest stop for rare individuals.
Los que lo conocieron de otras épocas dicen que ya no es lo mismo, pero alcanza con pasar diez minutos en la recepción para entender a qué se refieren con individuos raros. La mayoría de las personas con las que me cruzo en el ascensor viven ahí. Traen sus perros, sus gatos, sus loritos en el hombro. Traen sus peinados estrafalarios, sus caras trasnochadas. Camino por los pasillos, busco puertas abiertas para espiar mundos ajenos.
¿Cuánto hace que sueño con pasar una noche en el Chelsea Hotel? Más de diez años, desde el día en que escuché la canción de Leonard Cohen, probablemente. Mucho antes de saber que este hotel tenía una historia, que allí Bob Dylan había escrito ?Sad Eyed Lady of the Lowlands?, y Kubrick y Arthur Clarke el guión de 2001: Odisea del espacio; antes de saber que ahí había muerto el poeta Dylan Thomas -en la habitación 205- y vivido Patti Smith con Robert Mapplethorpe, quienes por las noches se cruzaban con otro residente: el viejo, ya viejo, William Burroughs. Mucho antes, también, de haber conocido la recepción, de haber pasado un rato sentada en los sillones del hall, mirando las paredes cubiertas de cuadros, envidiando a los que entraban y salían? Pero ahora estaba ahí. Tenía 24 horas, y mi habitación era la 828.
Por la noche voy a un concierto de Irma Thomas, negra imponente que no ha perdido la robustez del cuerpo ni de la voz y que es apodada ?la reina del soul de Nueva Orleans?. Como cada país tiene su cliché, pido un dry martini, la bebida mítica de Truman Capote, Scott Fitzgerald y hasta de James Bond. Somerset Maughman dijo que un buen martini debía removerse, no agitarse (stirred, not shaken). Después supe que un estudio científico había demostrado que un martini ?agitado? liberaba más antioxidantes. Yo me pregunto quién tomaría un dry martini por sus propiedades antioxidantes? Como sea, tres martinis son demasiados martinis. Por algo le llaman la ?bala de plata?, porque es clara, potente y siempre da en el blanco: tres martinis con el estómago vacío y te parece que la ciudad de Nueva York está adentro de tu cabeza.
A la mañana siguiente la primavera brilla en todo su esplendor. La gente se precipita a las plazas como si hiciera años o siglos que no ven el sol. Hay flores amarillas, las flores comunes y corrientes de todos los parques, plazas y jardines neoyorquinos. Narcisos. Solo hoy me entero de que esas flores con picos se llaman narcisos, y ahora me parece obvio que esa sea la flor de Nueva York.
Tengo un café en vaso de papel apretado entre las manos. Los ejecutivos sacan sus laptops y trabajan al sol. Las mujeres comen de sus tupperwares. Un grupo de hombres ha organizado un torneo de bochas. Algunos parecen jubilados ?llevan camisas de felpa?, pero también hay un hombre muy elegante que ha dejado su saco prolijamente colgado sobre la silla. Las palomas vienen a pedirnos migas. El sol rebota en los edificios espejados y nos hiere los ojos. Es así, la primavera en Nueva York. Vuelvo a Francia preguntándome cuál será el tema del momento. Cansada y sin haber pegado un ojo durante el vuelo, abro una revista y me encuentro con una larga nota sobre ?por qué los estadounidenses no leen la literatura francesa actual?. Al parecer, muy pocos autores franceses (entre los afortunados se encuentra Houellebecq, que de todos modos ha dado pérdida a sus editores norteamericanos) son traducidos al inglés. Gran escándalo. Francia no comprende cómo una cultura hegemónica puede no interesarse por una ex cultura hegemónica. (Andy Warhol hablaría de los quince minutos de fama). Cuando se le pregunta, Philip Gourevitch, un escritor y periodista estadounidense, contesta: ?¿Por qué leeríamos nosotros una novela francesa donde un tipo habla de su divorcio, si en Estados Unidos tenemos miles de novelas de tipos que hablan sobre su divorcio??. Cierro la revista. Mejor dormir.
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