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Esto debería empezar con tu nombre seguido de dos puntos. Esto es una carta. Una carta o un acto de valentía, según el punto de vista. Es la única vía que me permití para confesarte (y para asumirlo de veras frente a mí misma) mi desánimo al no poder acercarme. Mi desánimo porque a cada intento se activa una barrera, un grito, una alarma (es como si dentro de tu boca existiera otra boca que me anticipa y me corta el paso).
En un extremo superior escribí "Montevideo, 22 de agosto". El invierno como un filo me hace doler las rodillas. Mientras tanto la radio pronostica mar picado y papeles humedecidos. Pronostica lluvia pegoteada para Montevideo capital. Yo pregunto, capital de qué. En fin, lo importante: tenés que saber que te quiero, que te quiero desde alguna parte que no es mía. Te quiero tanto que a veces creo que mi amor poco tiene que ver contigo. Cada noche vienen a mi pensamiento melodías de canciones y combinaciones de números que me molestan como migas entre las sábanas. Y ya no más. Ya no quiero ver tus ojos escapándose de mí como conejos asustados. No.
Desenfoco los ojos y recuerdo que a la noche, en mis sueños, tu imagen se mueve entre teléfonos y televisores con desperfectos técnicos. Esos mismos sueños son como un pasado donde las fichas de dominó vuelven a estar sobre la mesa, donde reaparecen las enciclopedias de animales y no como ahora las llaves agujereando los bolsillos.
La única forma de recuperarme es mediante intentos de erguir lo que viene delante. Se trata de completar ciertos movimientos: prender las luces, abrir las canillas, repetir los recorridos. Callada y autómata (después de todo, la inercia también es una manera de seguir).
En ciertos momentos soy incapaz de escribir en primera persona. Necesito hablar de mí como si hablara de otra y solamente de esa manera puedo confesarme y decir cosas como: ella recorría todos los caminos de rodillas, buscándote a vos. O también decir: ella no podía dejar de mirarte porque la atraías como si fueras una pecera o un muerto.
Si me vieras. De a ratos mantengo la mirada perdida en las baldosas y decido exactamente qué te quiero decir. A cada frase la armo y la desarmo y la examino de todos los costados. Entonces dibujo cada palabra cuidadosamente, la contengo cariñosamente entre los renglones y qué puedo hacer, qué culpa tengo yo si me vuelve esta sed de ver los bordes de tu cara. Atravesar las peores avenidas sería diferente si compartiéramos el paraguas o si masticáramos caramelos al mismo tiempo. No sé, a veces pienso que sería mejor acariciarte y que eso también fuera una carta. O revolver tu café y lo mismo. Pero no. Siempre es no.
Ya ves, estas palabras cada vez se tornan más desprolijas, más inútiles y, cómo decirlo, ella ya siente los labios apretados e impotentes y la cara llena de ganas de llorar. Entonces un movimiento de manos va a bastar para matar el papel a latigazos rápidos y resentidos y así dar paso al largo arrepentimiento por lo que no se dijo nunca.
(*) Rafaela Lahore nació en 1985. Es egresada de Comunicación Social y actualmente estudia en Facultad de Humanidades. Esta es su primera publicación. // Es la invitada del mes en la serie ?Ozono?, espacio de ficción para escritores jóvenes. Asesoría meteorológica y coordinación: Pablo Trochon (ozono@freeway.com.uy).
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