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La ciudad está allá abajo, bajo el cielo oscuro que amenaza con llover. Primero llegó la bruma desde el mar, atentando contra el celeste vibrante de lo que fue la tarde. Y ahora casi se descuelgan las gotas de lluvia. Salí de la librería con ganas de escribir sobre papel, sobre el bloc de papel recién comprado. Los nombres estarán en el libro, me dije. Aspiré con fuerza el aire helado, abriendo las narinas tanto como pude, hinchando los pulmones, recreando el movimiento de esa ráfaga de presente. Pisé la vereda y miré hacia delante. Una gota intrusa cayó sobre mi frente, y no lo quise ver, pero sé que luego se deslizó hacia la bolsa donde estaba el bloc de notas donde luego escribiría. Una gota de frío, un estornudo de este cielo grueso que nos comprime hoy, pleno invierno, hondo julio. Cielos, qué cielo… Los semáforos frente al local de venta de celulares cambiaron justo cuando iba a cruzar. Tenía la misión, el plan, los escritos de hoy amenazados por la lluvia mientras secaba el cuaderno y el ascensor subía.
En las dos cuadras que separan la parada de mi casa está la clave, pienso todo el tiempo. Pienso que alguien, que aún no sé quién es, interrumpirá en la escena al unísono, es decir, en ambas escenas. El cielo plomizo no es una posibilidad. El gran detonador de la historia conjunta será alguien como el cuidacoches de la cuadra, un muchacho que soporta estoico el viento y el frío de julio, que mira cuando paso y siempre saluda. Alto y con gorra, el pelo canoso a pesar de ser joven, cada vez que paso, lo mismo. Cada persona que pasa, lo mismo. Un día igual a otro, hasta que el cielo oprima tanto la ciudad, que él mismo, el cuidacoches de la cuadra, salga corriendo por Andes hacia la Rambla, doble en 18 de julio, y entre en acción.
Hoy no es el mejor día para hacer suposiciones. El frío cala los huesos. Tu mirada es triste, me advirtió alguien sobre las seis de la tarde. El olvido es tan importante como la memoria, agregó alguien más. Una distracción de otoño desvanecido. Mientras esperaba el bus, no fue necesario que dos autos chocasen para que me diera cuenta de la fragilidad de las cosas. El auto rojo esquivó de casualidad al azul que cruzó con el semáforo en luz amarilla. Solo volví a casa sobre el final de la tarde. Y con el bloc de notas en la mano, parada esperando que el semáforo cambiara, admití que más que un golpe de suerte, todo esto ha sido un golpe al corazón. Debo recorrer el camino inverso al olvido, para luego terminar de olvidar, repetí.
Al cruzar, hacia delante por la misma acera, había tres hombres. Uno tenía un bebé en brazos, y estaba vestido con ropas viejas, al igual que el segundo. Pero el tercero estaba bien vestido, elegante, y estrechó la mano libre del que sostenía el bebé. Desde el contenedor de basura sobresalían algunas bolsas de nylon. El cielo apretaba, bóveda compacta y el bebé se perdía dentro de las ropas roídas del hombre que lo tenía en brazos, escondido como una gema. El que estaba bien vestido le dio palmaditas en la espalda. Pasé rápidamente por al lado de ellos. Sostuve el paso firme como si se me fuera la vida en ello. Sostuve también la respiración, a pruebas del contenedor de basura rebosante. Y la mirada del bebé tapado se me prendió del pelo como una mariposa, posada dulce y firmemente sobre el pelo descolorido de invierno; y aunque ya estaba cruzando la calle, se quedó quieta conmigo.
Mientras tanto, él y su perro se quedaron en la ribera de un río, detrás de los vidrios empañados del bus, durmiendo en el apartamento minúsculo donde también dormí el fin de semana. Luego me acomodé en el asiento y no abrí los ojos hasta llegar a las inmediaciones de Montevideo, cuando el frío sí que hacía chorrear los vidrios, y la imagen del campo blanco alrededor de la ruta me recordó lo que es volver. Las ovejas iban en fila india a las bateas con ración, caminando sobre el hielo de las siete y media de la mañana. La puerta está abierta, indicó el portero sin levantarse de su escritorio. Estás rica, m´hijita, dijo en un susurro el obrero antes de trepar al andamio. No tenés 50 centésimos, preguntó el guarda del ómnibus cuando le alcanzo un billete de cincuenta pesos.
Permiso, permiso, gruñó la señora empujándome con su barriga y varias bolsas de nylon. ¿Te enojaste porque no te llamé?, preguntó él sorprendido con su acento cadencioso ayer a la noche. Caramelos de miel y huaco a peso, a peso los caramelos, incitó el vendedor ambulante cuando se subió al ómnibus. Una niña miró lo que escribía y me dio vergüenza. Cerré el cuaderno y lo guardé en la mochila.
Y hoy, otros cielos, los sabañones que tengo en los pies. Un explorador tragado por una boa. Un perro que aúlla y eso que aún no hay luna llena. Un chino que baja del barco, compra comida en el supermercado y luego compra una mujer en la whiskería que tiene karaoke en coreano. Un sueño en el que me encuentro a un compañero de clase sentado en el ómnibus, abrigado él que sólo se le ven los ojos verdes vivaces y curiosos. Un ansia enorme de viajar, sin remedio a la vista. Una señora que me pide caramelos en el cine, en el medio de la película. Tengo galletitas, si querés, le contesto. Un acolchado que tiene las plumas con olor raro, aunque es nuevo. Un remolino de sentimientos que me conmueve, o viceversa. Un recuerdo del amor. Una sola cosa por vez, escribo, por más que sea imposible.
(*) Rosario Lázaro (Salto, 1981), actualmente vive en Brasil, donde investiga sobre traducción de poesía y arte digital. Es Licenciada en Comunicación, estudió Letras y tiene un posgrado en Traducción Literaria. Ha publicado cuentos de ficción y la novela Mayito (Colección Narrares, Artefato, 2006). Más en www.rosilazaro.blogspot.com // Es la invitada del mes en la serie “Ozono”, espacio de ficción para escritores jóvenes. Asesoría meteorológica y coordinación: Pablo Trochon (ozono@freeway.com.uy).
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