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Mi mejor amiga era una bad heroin con pinta de niña traviesa, una conjunción de lo peor de mi hermana (complejo de artista creativa, superioridad y belleza) con la inocencia, los sueños y la vanidad de una Holly Golightly narcisista del Tercer Mundo que en vez de ir a la vidriera de Tiffanys como el personaje de Capote iba a la feria de Tristán Narvaja y se paraba a comer un pancho mientras contemplaba en los puestos callejeros viejos frascos de perfume, carteras antiguas y tacitas de té del siglo pasado.
La familia de Camila había sufrido la peor de las crisis económicas. El padre había trabajado en una multinacional que decidió cerrar su sucursal en Uruguay. La madre en algún momento había sido peluquera pero hacía años que no ejercía. Camila empezó a limpiar casas y a cuidar niños para mantenerlos a todos; solo el hermano mayor colaboraba con un trabajo que le había salido en la construcción.
Cuando todo parecía perdido, cuando Camila se derrumbaba, ahí estaba yo, una servidora, la abnegada amiga del alma, dispuesta a todo para consolarla, escucharla, prepararle un té de jazmín, ponerle alguno de sus discos favoritos (le gustaba especialmente The Good Son, de Nick Cave). Cuando todo parecía perdido, Camila me llamaba y enseguida estaba yo ahí, dándole ánimo, haciéndole recordar todo su potencial, escuchando sus trágicas historias, sus pequeñas miserias, secándole las lágrimas con un pañuelo.
Siempre estuve ahí, por cualquier cosa que ella necesitara. La noche del cumpleaños de quince de la prima, al que tenía que asistir con toda su familia, fuimos con mi novio Henry a cuidarle la casa. Ella nos ofreció la cama de sus padres (el lugar donde su viejo se la pasaba tirado, enfermo de depresión, y su madre rezando a todos los santos) como lugar para retozar o mirar cable. Le dijimos que sí. No bien quedamos solos nos pusimos a tomar unos vinos, en el living, tranquilos. Hablamos de libros que estábamos leyendo; de Carver y Salinger, de Faulkner y Onetti. Pusimos unos discos: Los Traidores en vivo en La Factoría y Unknown Pleasures de Joy Division.
A las dos horas Camila volvió del cumpleaños hecha una furia. Decía que el padre se había empedado y que se había querido agarrar a las piñas con todos sus primos. ¡Me voy!¡En esta casa están todos mal de la cabeza! ¡No aguanto más!. Le preguntamos adónde pensaba irse. ¡Me voy a tomar un ómnibus a cualquier lado! ¡Me voy de esta casa, de este país!. Ella entró en su cuarto, fuera de control. Empezó a destrozar todas las casitas de cerámica que había hecho con sus propias manos y con las que planeaba empezar una colección para vender a una tienda de moda. Una por una arrojó contra la pared la colección completa de muñecas de porcelana. Hablaba sola, lloraba, gritaba; fue imposible frenarla. Juntó alguna ropa en un bolso, separó el libro de poemas de Idea Vilariño que yo le había regalado, y con el bolso lleno y el mismo vestido con transparencias que se había puesto para el casamiento, salió por la puerta como si nosotros fuéramos los porteros de un edificio cualquiera.
A la media hora llegaron sus padres y el hermano. Se notaba que la madre sentía vergüenza por lo que había hecho su esposo, pero jamás lo iba a admitir. Prefería lamentar la partida de su hija y culparla de todo. Pero.. ¿adónde se fue Camila?. No sabemos, contestó Henry. Y era verdad. Habíamos tratado de seguirla después que dio el portazo, pero ella corrió calle abajo tan rápido que le perdimos el rastro.
Mientras manejaba de regreso a su casa en el viejo auto de su padre, Henry prometió esa noche que no vería más a mi amiga. ¡Esta guacha siempre está metida en líos y encima nos deja clavados a nosotros! ¡No le importa nada, es una egoísta!. A mí me preocupaba en qué andaría ella a esa hora de la noche, con esa pinta de chango que tenía: rimmel corrido, lápiz de labios despintado, ojos saltones, pelos parados, muerta de frío con su vestidito, caminando con sus tacones por las baldosas rotas de Montevideo, sin rumbo fijo. Tenía miedo que le pasara algo malo.
No demoré en enterarme de la continuación de la comedia. A los dos días me llamó por teléfono y dijo que quería verme. Como siempre, le dije que sí. Nos sentamos en el patio de casa a tomar unos mates. La vi contenta; quise saber de qué. Me contó que había subido al coche de un desconocido que la había seguido varias cuadras mientras ella corría. Él le había preguntado si estaba bien y ella le había dicho: Ojalá fueras Pablo Gonçálvez o cualquier psicópata, ojalá me mataras ahora mismo y todo se terminaría. Pero tuvo suerte. El tipo la había visto nerviosa y quería ayudarla. Estuvieron hablando toda la noche. Ella le contó todos sus dramas y él consideró que lo mejor era que hiciera las cosas bien, que recuperara la serenidad, que actuara pensando más las decisiones. ¿Qué te parece si te llevo a lo de tu novio, descansás, te pegás una ducha y después ves? Hacia el amanecer Camila se calmó y aceptó la oferta. El tipo la llevó en su auto hasta lo del novio, donde pasó todo el fin de semana tomando pastillas, durmiendo y mirando tele.
Al poco tiempo, Camila pasó a ser empleada de una tienda de telas. Tenía buen gusto y se daba maña para todo lo que fuera estético. A los dos años hizo su propia colección de modas que la convirtió en una diseñadora destacada dentro del ambiente. Empezó a codearse con algunas personas de dinero, no ricos y famosos, pero sí gente bien que quedó fascinada con su primera colección y la apoyó económicamente para que siguiera.
Me alegro que haya salido de la oscuridad. No se merecía las penurias que le habían tocado. Siento que fui la única persona que la estimuló para que llegara hasta ahí. Yo quería ser como ella y tal vez, en algún punto, ella quería ser como yo. Según un amigo mío, juntas éramos dinamita. Será por eso que los hombres que se enamoraban de ella también lo hacían de mí. Entre las dos formábamos la mujer perfecta.
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