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Establecer el repertorio de objetos artísticos que hacen que una persona se convierta en culta es un hecho político. Depende de lo que negocien los dueños de los muesos, los teatros y las editoriales; depende de los temas en las tertulias de los cafés; de lo que reseña la prensa; de los fondos que los Estados otorgan o niegan a determinados artistas. Todo eso conforma lo que luego el público consume como objeto culto. Durante siglos este proceso fue fluido, sin fricciones: los ciudadanos sabían qué era lo había que saber para considerarse una persona culta. Dicho con otras palabras, había un canon establecido y seguirlo era el camino para cultivarse.
Un francés del siglo XVIII, por poner sólo un ejemplo, podría no leer El Contrato Social pero conocía a Rousseau y escuchaba atentamente sus opiniones. Saber quién era y qué pensaba el autor formaba parte del canon cultural de la época. En esa época el arte y la cultura se producía y se consumía por una élite. Shakespeare, Cervantes, Mozart, Rembrandt, Goethe, estaban entre los artistas que había que conocer para saber qué es el arte con mayúsculas. Este canon de la cultura explotó en el siglo XX. Y explotó dos veces.
A la primera explosión se le llamó cultura de masas y fue una quiebra a nivel del consumo, no de la producción de arte. Lo que pasó a mediados del siglo pasado fue que las sinfonías de Beethoven se vendían en el quiosco junto con la revista de jardinería. Las obras de arte consideradas parte del canon pasaron a ser consumidas por toda la sociedad y ya no por la élite social y política que las definía como valiosas. La cultura reservada para algunos se hizo accesible a todo el mundo.
La segunda explosión es muy reciente, tiene poco más de una década y responde a los cambios tecnológicos. Se caracteriza por la masificación de los que producen objetos artísticos y ya no sólo de los que los consumen. En la actualidad, sólo con una computadora y una conexión a Internet se puede: componer música, grabarla, venderla; escribir un libro y publicarlo; tener un blog para colgar poemas, ensayos o aforismos; grabar imágenes, editar fotos, hacer cómics? en definitiva: producir arte infinitamente.
En resumen: primero fue cultura de pocos para pocos; después una cultura de pocos para muchos; y hoy es una cultura de muchos para muchos. En la intersección entre dos y tres se produjo la quiebra del canon. Ya nadie sabe qué es lo que hay que saber. Nadie convence a nadie sobre qué significa ser una persona culta. No parece haber argumentos sólidos para decir que Tchaikovsky es mejor que Gladys, la bomba tucumana. Los artistas son tantos y ahora el arte está en tantos lugares al mismo tiempo que ya no sabemos qué es el arte. No hay certeza. Una hipótesis para desentrañar esta madeja de arte, política, canon y consumo, es que el objeto artístico no es algo para ser devorado. El arte tiene una carga de saber implícita y, si no la tiene, no es arte. El objeto artístico no puede devorarse porque tiene un saber que necesita, por lo menos, saborearse (dicho sea de paso, etimológicamente sabio es aquel que saber el sabor de todas las cosas). El arte esconde historia, pistas, preguntas compartidas. No puede deglutirse, tiene que masticarse necesariamente. No está hecho para entretener aunque pueda incluir esa función.
Con esto no quiero sumarme a la lista de los enamorados de la añoranza que lamentan día tras días la caída del canon. Para nada. Vivimos un mundo mejor, con mayores oportunidades para el nacimiento de cánones. Pero hay que recordar que existen las jerarquías, que no abundan los poetas, que la creatividad es un don pero también un músculo que se entrena, que hay artistas de pacotilla, que el arte trae consigo sabiduría, aunque más no sea para recordarnos que no sabemos nada.
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