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Mi madre es un ser extraordinario. Un ser mágico. Cuando empecé a actuar en boliches, siempre me esperaba despierta. Y si tenía funciones en boliches gay que largaban a las cuatro de la mañana, ella siempre estaba ahí, con el café con leche pronto y acompañado de pan con manteca. Apenas pisaba la casa, lo primero que me preguntaba era: ¿Se rieron hoy?. La típica pregunta que la madre de un actor cómico le haría a un hijo que se abre paso en la noche del café concert.
Ya grandecito, una noche fui a visitarla. Apenas pisé la casa, ella me preguntó: ¿Cuándo vas a estar en una película de cine? Como un idiota y casi sin pensar, le contesté: Los directores de cine no me llaman.. porque supuestamente soy un actor popular. Y seguí con mi discurso: Y si se es un actor popular supuestamente le bajás la calidad artística o intelectual a la película.. aunque el actor sea un crack, si lo saludan las viejas o los niños por la calle no está a la altura de encabezar un film. Porque es popular. Por eso, a veces sirve más ser alguien con cierto aspecto serio y con gesto de estar buscando siempre la trascendencia artística.
Mi explicación fue un cúmulo de prejuicios de un prejuicioso que habla de prejuicios. Me arrepentí al instante de lo que dije. De todas formas, ella ya estaba mirando la primera escena de una película de Cantinflas que empezaban a dar en la televisión. En vacaciones de julio siempre me llevaba a ver los estrenos de Cantinflas o películas de Walt Disney. Íbamos al cine Censa. La pantalla era grande de verdad.
Ella siempre quiso verme en el cine. Esa idea se le metió en la cabeza partir de que una compañera de la textil donde trabajaba le dijo que yo tenía los ojos de Rodolfo Valentino. Yo tenía cuatro años y aún mi nariz no distraía la atención de los demás, entonces alguien se podía fijar en mis ojos. Con el tiempo me enteré que Rodolfo Valentino era puto. Bueno, era simplemente un dato.
Siempre soñé en cumplirle algún día el sueño a mamá. Que me viera en la pantalla de algún cine, aunque fuera de perfil. Estoy a tiempo aún, y la vieja también.
Entonces ese día saldré del cine y me dirigiré a su casa. Abriré la puerta lentamente para contarle mi performance en el celuloide y ella me dirá: Ya sé que se rieron hoy. Fui a la función de las cuatro de la tarde. Entonces dormiré tranquilo.
Mientras tanto (por si no me llaman) escribo un guión donde interpreto lo que realmente sé hacer: un papel trágico. La vida del actor es simple, no es fácil.
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