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Si alguna vez están frente a un actor o actriz y les surge esa pregunta, por favor, no la hagan. A los actores nos gusta actuar. Y punto. Nos gusta porque no estamos satisfechos con la cantidad de personajes que utilizamos en nuestra vida. Nos gusta porque podemos hacer cosas que si hiciéramos en nuestra realidad nos traerían un montón de problemas. Nos gusta porque podemos canalizar deseos que nuestro superyó censura. Nos gusta porque podemos vivir otras vidas y continuar con la nuestra. Nos gusta porque aumenta nuestro nivel de comprensión del ser humano. Nos gusta porque agudiza nuestro poder de observación. Nos gusta porque hacemos catarsis y ayudamos al espectador a que también viva esa experiencia. Nos gusta porque nos transforma y porque podemos ser un vehículo de emociones que muchas veces provoca un cambio en el espectador. Eso sucede tanto en el teatro como en el cine.
Hay un interés extra, en nuestro país, de participar en películas, pero eso no tiene que ver con la actuación sino con el hecho de que la producción nacional es bastante nueva y escasa, lo que genera el atractivo de lo inalcanzable. También está todo ese halo de glamour que rodea al séptimo arte: salir en pantalla grande, ser visto por una gran cantidad de gente y con suerte viajar a festivales y conocer y codearse con artistas internacionales. Pero lo mejor que tiene el cine para el actor es el proceso que va desde el día en que le hacen el casting hasta el día en que filma la última escena. Esa es la verdadera película.
Un rodaje significa vivir durante algunas semanas otra realidad. Se debe abandonar durante ese tiempo la rutina diaria (¡qué pena!) y sumergirse en un nuevo mundo (¡el del cine!). Se encuentra con un montón de gente que no conocía y con la que, vaya sorpresa, tiene intereses comunes. Con esas personas va a convivir por lo menos durante doce horas al día y, con alguna, seguramente compartirá algún momento apoteósico que, o quedará en el baúl de los mejores recuerdos, o le cambiará la vida para siempre.
Y llegada la última toma a filmar, que casi nunca es la última de la película, se dará cuenta con angustia y felicidad que su rol terminó, no el de la película en sí, el de su propia película, la que vivió durante el rodaje. Por todo esto es que, a veces, a algunos actores, nos gusta más actuar en cine que en teatro.
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