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La artista más poderosa de América nació y trabaja en Guatemala, tiene 35 años y se llama Regina José Galindo. ?Mi trabajo es violento, radical y agresivo?, suele decir, ?porque soy guatemalteca. La violencia es lo que conozco, de donde provengo; son violentas las imágenes con las que me he alimentado?.
Guatemala tiene una de las tasas de asesinatos de mujeres más altas de América Latina. El país vivió 36 años de guerra civil, y murieron (y desaparecieron) unas 260.000 personas, la mayoría indígenas mayas.
Regina Galindo se pone la historia en el cuerpo y lo usa como lienzo para expresar la violencia centroamericana, pero también del resto del continente, y en ese contexto ubicar su condición de mujer. Su performance más famosa se llamó Himenoplastia y la realizó en 2004: fue una operación quirúrgica ?verdadera, está filmada- donde se reconstruyó el himen para volver a ser virgen: en Guatemala, muchas mujeres se someten a este procedimiento para conseguir un mejor matrimonio o para ingresar a la trata, a la prostitución, con mayor ?prestigio?.
Un año después, se encerró en un cubículo de cemento y se dio 279 golpes, uno por cada mujer muerta en su país entre enero y junio de 2005. El sonido de los golpes estaba amplificado. Estaba encerrada para simbolizar lo que sucede: la gente lo sabe, la gente lo escucha, y sin embargo no lo ve o hace como que no, y sigue sucediendo con total impunidad. Su siguiente performance también fue brutal: se escribió con un cuchillo en la pierna -se grabó en sangre, en herida- la palabra ?perra?, que suele aparecer en los cadáveres de las mujeres asesinadas en su país y en el vecino México. Ella arriesga y corre los límites de lo abyecto: una de sus primeras performances, poco después de ingresar en el mundo del arte, en 1999, fue No perdemos nada con nacer: metida en una bolsa de plástico transparente, como un despojo humano, se hizo colocar en el basurero municipal de Guatemala, de la misma manera que aparecen en bolsas bebés muertos y cuerpos de mujeres.
El año pasado, cuando visitó Argentina, hizo una performance en la ciudad de Córdoba llamada Reconocimiento de un cuerpo donde ella, sedada, estaba bajo una manta blanca. El público debía descubrirla, si se atrevía. Era una rara situación que palpitaba con los ecos de la violencia urbana, que deja sus caídos, esos caídos que las familias deben reconocer en la morgue. Una situación cada vez más familiar, pero por la que nadie quiere pasar, de la que nadie quiere hablar. Salvo Regina José Galindo, que no sabe, no puede y no quiere callar.
Y que va cada vez más lejos. Hace tres años estuvo embarazada. Eso no la detuvo. Hizo Un espejo para la pequeña muerte, donde con seis meses de embarazo se desnudó, atada de pies y manos, sobre un charco de su propio orín en una pensión de mala muerte. A los ocho meses de embarazo hizo Mientras ellos siguen libres, donde estuvo atada a un catre ?con cordones umbilicales reales- de la misma manera que las mujeres indígenas embarazadas eran amarradas para luego ser violadas durante el conflicto armado en Guatemala. Recién parida, pasó doce horas detenida por un cepo. Era una época en la que experimentaba con la inmovilidad: también pasó un día embutida en un chaleco de fuerza en un neuropsiquiátrico.
?No realizo acciones en donde mi cuerpo se vea sometido a un acto de dolor por dolor, de forma gratuita. Todo tiene un por qué, una realidad detrás?, dice. ?Yo he vivido con una problemática muy grande de violencia en general y una violencia de género fuera de todo límite. Durante el conflicto armado, el daño a la población femenina era parte de la estrategia de guerra para infundir temor en la población, porque al matar a una mujer se mataba también la posibilidad de vida. En la actualidad, desde hace unos años, esto ha vuelto a ser parte de la realidad guatemalteca, solo que a mayores índices?. Regina sabe que no puede solucionar lo que pasa. Pero puede poner el cuerpo. Puede usarlo, y lo usa, como una forma de compromiso y de resistencia.
Link: www.reginajosegalindo.com
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