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Nadie querría ser Coates ayer. Todas las ilusiones del pibe de 19 años, las del hincha, las del jugador, jugando semifinal de copa a estadio lleno, todas esas ilusiones y ese partido tan tenso y cerrado, tan difícil, y perder esa pelota por querer eludir a un rival al filo del último hombre. Por su edad, nadie lo va a señalar con el dedo; nadie le hará caer injustamente el peso de una responsabilidad que se reparte entre todo un equipo, que sólo atacó bajo un impulso sucio y desordenado. Nadie lo hará, se supone.
Igual, sin la delatora presencia del dedo acusador, seguramente todos los hinchas recordarán siempre esa salida ingrata, salida que llevó inevitablemente al derrotero. Siempre estará presente ese trago amargo, casi esquivo pero nunca ausente. Y ese capaz, ese capaz que la historia pudo haber sido otra. Quién te dice. Andá saber. Y bueno.
Y la noche, y las noches de Coates, por un tiempo, hasta que las sane el tiempo o las borren otras mieles, permanecerán tocadas por la punta ponzoñosa del arrepentimiento. Fina culpa que premia todas las especulaciones y condena, sin escrúpulos, el yerro. Tendría que haber salido jugando. Jugando hacia el costado. O haberle pegado un guadañazo bien lejos. O al menos fulearlo, no sé, como fuere, ligarme la roja y punto. Tendría que haber hecho cualquier otra cosa. Pero cualquier otra, cualquier otra menos la de Manicera.
Con esa repetición, así, con ese replay personal ininterrumpido, esa única diapositiva molesta; así, con esas ansías de haberla jugado de otra manera, así, así se vive el dolor del error en el fútbol. Quien juega lo sabe. Quien nunca lo jugó ante 50 mil personas, por su equipo, en un partido clave, puede dimensionarlo sí, sentir el escalofrío, y también puede al otro día seguir con la rutina indolente de siempre sin mayores pretensiones. No así para Coates. Dios quiera que la frase trillada le dé revancha.
*Reportaje a Jorge Manicera, zaguero tricolor siempre al filo. 11 de mayo del 2005.
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