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Un vendaval de hardcore pasó por Montevideo
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A las nueve de la noche la intersección de Larrañaga y 8 de octubre ya estaba poblada por la tribu de remeras negras, esa que columpia entre el metal, el punk y el hardcore, y que, a pesar de no ser lo mismo, hay puntos en los que se unen irremediablemente. Así como un día supo ser Sepultura en el Velódromo, ayer era The Misfits en Troya.
Entre la larga cola del 24 horas de la Ancap para comprar cervezas y la otra menor cola en el carrito para comprar chorizos o hamburguesas (y ponerle hongos asesinos, de esos que crecen debajo del carrito y luego son cosechados para ponerlos en tu producto), el negro se imponía, con mucho impreso de los Ramones, The Misfits y Motorhead. También sorprendió la cantidad de fanas que imitando la estética de la banda fueron con sus caras pintadas de blanco y luciendo el devilock, clásico corte de pelo que impusieron los Misfits en los ochentas.
La comunidad estaba tranquila (capaz que los 230 pesos de la entrada los dejó sedados), esperando por ver a una banda de culto, que llegaba a Montevideo con sólo uno de sus integrantes originales, el bajista Jerry Only, pero que para contrarrestar las críticas venía acompañado por dos ex Black Flag, otra banda de culto del hardcore californiano de principios de los ochentas. Así que estuvieran muertos los Misfits o no, fuera esta gira de su 30 aniversario que empezaron el año pasado una fantochada o no, la cosa pasaba por otro lado: al fin de cuentas son tres veteranos punks yanquis tocando algo que prácticamente inventaron en su país. Había que darles crédito, como si fuera un blusero de Chicago.
El escenario del show, Troya, una mega disco de cumbia que, a la hora de presentarse los Misfits, todavía olía a Néstor en bloque. Pero una vez que arrancaron los primeros acordes supersónicos del power trío norteamericano la cosa se desmadró, y salvo por las chicas que atendían en la barra aquel lugar parecía un escenario natural para el pogo descontrolado. La presentación de los Misfits fue incendiaria. Puro hardcore. Un tema tras del otro y sin respiro. Siendo el sonido bastante bueno el pogo nunca se detuvo, y la conexión fue mágica por momentos. Un amable y enérgico ritual, sin violencia. Como una cosa hippie pero disparada a cañonazos, rebotando a golpes contra la masa humana homogénea.
La llegada del grupo al lugar fue algo extraño. Llegaron cuando ya casi todo el público estaba dentro, bajaron de un remise como quien se baja de un taxi para comer en La Pasiva, pero ya disfrazados con sus trajes de horror como adolescentes asistiendo a una fiesta de Halloween, lo que ilustraba una escena muy contrastante: un remisero uruguayo, una esquina mega uruguaya, un boliche tropical, y tres cuarentones yanquis disfrazados que venían a ofrecer un vendaval de hardcore de una hora.
Cuando fueron a ingresar, un grupo de fanáticos se abalanzó sobre Jerry Only para tocarlo, y éste repartió un par de golpes para sacarse la molestia de arriba, a lo que uno de ellos salió gritando orgulloso ?¡En este hombro me dio una piña Jerry Only!?.
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