REM en Buenos Aires
El recital de REM en Bs.As. bajo el escrutinio metódico de nuestro único corresponsal: John P. Walrus.
 06.11.2008 
REM en Buenos Aires
Nuevamente John P. Walrus presente en los grandes eventos, ahora el Personal Fest en Buenos Aires. The Mars Volta, Bloc Party, Kaiser Chiefs y REM en la retina y pluma de nuestro gran cronista.

Bajo el título Barack en la tierra, Kaufman en el cielo, Walrus narra una noche con REM. Leé la crónica.

Barack en la tierra, Kaufman en el cielo

Círculos de gente en torno a un burdo comediante callejero, a una pareja de bailarines de tango en la calle Florida. Un gordo canta con la guitarra una de los Beatles, la mirada perdida. Le dejo una moneda. Hay que mantener vivos a los viejos rockeros. El muñeco Barney sufre el calor y meneando su cuerpazo violeta se abanica con los volantes que aún no ha repartido. Un taxista protesta contra el gobierno y putea a Menem y a los Kirchner y a todos por igual. Una fila de pibes sentados en el cordón de la vereda de Avenida Libertador esperan para entrar al Club Ciudad de Buenos Aires. Paso los controles y me ofrecen una vincha-corbata que rechazo. Escucho que ya están tocando.

Sobre el escenario y bajo el sol que taladra la piel suena la reencarnación lisérgica y futurista de Led Zeppelin disparando un apocalipsis sonoro que estalla en distorsión, en la metralleta de los tambores y en riffs filosos que pasan raspando. Cedric Bixler-Zavala, el cantante de The Mars Volta, es un Robert Plant morocho y todo de negro que se contorsiona, jugando a Jim Morrison se tira al piso, revolea el micrófono, se para al fondo y mastica unos tubos blancos que cuelgan. Omar Rodríguez-López, el duende de camisa verde y saco negro amasa la guitarra, da indicaciones oscilando entre director de orquesta y técnico de fútbol. Junto al bajista, rodean a un negro con trenzas que tritura la batería a mazazos certeros sonriendo como un demonio. También hay otro guitarrista, un tecladista y dos tipos que van sacando un saxo tenor, un saxo alto, unas maracas. Un puñado de gente se agolpa contra el escenario al rayo del sol. El brazo del vendedor de agua sobresale entre las cabezas y avanza trabajosamente.

Cuando termina The Mars Volta, dejándome atontado y babeante, del otro lado empieza a sonar música. Media vuelta. Otro morocho, pero este en versión high school con cara de bueno y una voz pseudo Robert Smith, canta y guitarrea vestido con una remera fea y pantalones cortos. Golpeo el suelo con el zapato, no suena mal pero no aporta nada. Me quedo apartado de la masa, tomando un respiro al lado de la carpa de los primeros auxilios. La gente camina en torno a mí, varios con vinchas-corbatas a rayas rosadas y azules. Colgadas en torno al cuello, atadas a la cabeza. Una mochila naranja, un gorro amarillo, una camisa a cuadros, una parejita apretando. Muchas minas buenas. Me distraigo un momento relojeando unas tetas que me guiñan.

La tarde cae demostrando que Mars Volta merecía en la grilla un mejor lugar que Bloc Party y Kaiser Chiefs, dos bandas inglesas que no tienen demasiado para decir pero ocupan hoy el prime time de MTV, el mismo en el que alguna vez sonó Losing my Religion.

Cuento los minutos para que salga REM, el poste al que se abrazó el borracho que firma esta nota durante los últimos quince años. Puntuales, los tres de Athens, ahora cinco, salen a tocar con una sábana de gente cubriendo el estadio. Se enchufan con Living Well is the Best Revenge, del último disco, y los viejos rockean con más convicción que los dos que pasaron antes. I Took Your Name y What?s The Frequency, Kenneth?, dos temas guitarreros de Monster.

La pantalla gigante en el fondo muestra una edición instantánea de lo que toman las cámaras, con rojos furiosos y verde patito alternando el blanco y negro inicial. Después, Drive, oscuridad, el punteo raspa el esternón y ahí estoy yo, caminando por la calle escuchando el Automatic for the People en el walkman. "No es ningún secreto que todos en este escenario odiamos a nuestro gobierno", dice Michael Stipe antes de empezar la trilogía pro-Obama de la noche, con la imagen del candidato apareciendo fugaz en el fondo. Tocan uno viejo, Driver 8, y uno nuevo, Man-Sized Wreath. Última escupida en la cara a George W. con Ignoreland, uno que desempolvaron del Automatic, y ahí voy volviendo de la casa en la playa por la ruta, con el sol al oeste derritiéndose en el horizonte y la música al mango.

Revuelven de nuevo en el catálogo de los ochenta y sacan Fall On Me. Después Electrolite, optimista y conmovedora. Imitation of Life, el mayor pogo en lo que va del recital. Cuando termina Hollow Man, llega tímido el arpegio en re de Everybody Hurts, su canción más directa, los únicos seis minutos de música que he compartido con mi madre, que siempre me la pedía otra vez. She Just Wants To Be, The One I Love con el clásico abrazo de Stipe con el público de las primeras filas. Piano, Mills, Stipe, luces azules, una de las melodías más sublimes... Nightswimming, "deserves a quiet night". Círculo de guitarras acústicas para una versión limpia y genial de Let Me In. Horse To Water, Bad Day, Orange Crush, It's the End of the World As We Know It: adrenalina y que caiga un avión en nuestras cabezas nomás. Final. Supernatural Superserious para volver con los bises, y después la mandolina delatora de Peter Buck, el punteo universal de Losing My Religion, una que sabemos todos. The Great Beyond y Man On The Moon, las canciones de Andy Kaufman. Son los últimos minutos, la noche se escurre entre los dedos de todos los que estiramos los brazos arriba, señalando el cielo donde la medialuna brillante nos mira sonriendo, cagándose de la risa. See you in heaven if you make the list, yeah, yeah, yeah, yeah.
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