En la cabeza que no renguea
Por Pedro Frazao
 19.02.2010 
     
En la cabeza que no renguea
Rasputín llevaba una barba larga y espesa. Dicen que tenía una mirada penetrante y diabólica que podía hipnotizar hasta al más escéptico. Era un campesino pobre, elevado al grado de místico y curandero. Deseaba de forma irresistible a las mujeres. Amaba el acto de seducir, como Casanova, con la salvedad de que olía terriblemente mal y carecía de bellos atributos estéticos. Sin embargo, llegó a transformarse en una de las figuras más influyentes de la vida social y política de la última Rusia zarista. Bebió de copas de oro, cortejó cortesanas y provocó la renuncia de encumbrados ministros. Durante un tiempo gozó de mucho prestigio. Pero, al final, murió como un perro.

A principios del siglo XX Nicolás II, último zar de Rusia, gobernaba con dificultad sobre el Imperio más extenso del planeta. De todos los problemas que lo acuciaban, a él y su reino, y que acabaron con su derrocamiento en octubre de 1917, había uno que le ocasionaba mayor desvelo. Su único hijo varón y heredero al trono, el zarevich Alexis, padecía de hemofilia, una enfermedad que afecta la coagulación de la sangre, típica entre las familias aristocráticas endogámicas europeas, que tenían la costumbre de casarse y procrear entre parientes cercanos.

La debilidad vital de Alexis, por tanto, era la mayor preocupación del zar y su mujer, la emperatriz Alejandra. El hecho de que la vida del heredero pendiera de un hilo llevó a la pareja real a consultar a los más prestigiosos médicos para encontrar una solución que aliviara las penurias de su hijo. Ninguno la encontró. Desesperados, tras varias noches en que Alexis no lograba superar una persistente fiebre con riesgo de vida, le abrieron las puertas del palacio a un intruso; no cualquier intruso, sino uno que llegaba con credenciales de poderes divinos.

Aquel día, un hombre enjuto y desalineado entró al cuarto del enfermo, se paró al pie de la cama, le colocó la mano en la frente, murmuró unas palabras, y se retiró diciendo que el niño estaba curado. Así fue, como por arte de curandero. A partir de aquella experiencia Rasputín se convirtió en remedio y sostén del heredero. Por ende, en una persona más venerada y protegida por la emperatriz y el zar de todas las rusias. Se volvió intocable y con el tiempo, nadie, por más influyente que fuera, parecía capaz de removerlo de la corte imperial.

A medida que corrían los años, los conflictos sociales y políticos de Rusia crecían a la par de la fama de Rasputín, que no era del todo buena, vale decirlo. Informes de la policía secreta zarista aseguraban que el religioso campesino dedicaba la mayor parte de su tiempo al libertinaje, implicado en escándalos sexuales y orgías, al punto tal que fue acusado de violación, siendo el caso desestimado por orden directa del zar a pedido de la emperatriz Alejandra.

Amenazando con destruir no sólo la reputación de la corte imperial sino de toda la aristocracia rusa con sus actitudes licenciosas, y ante la negativa de Nicolas II de quitarlo del medio, algunos nobles tramaron el asesinato de Rasputín. Fueron cinco. Entre ellos, el príncipe Iusupov, el hombre más rico de Rusia.

El plan, bastante sencillo en un principio, era el siguiente. A sabiendas del afecto de Rasputín por las fiestas y las mujeres, lo invitaron a una, pero a una inexistente. La presa mordió el anzuelo. Sobre la medianoche, enfundado en su mejor atuendo pero oliendo como siempre a rata podrida, el agasajado llegó puntual al palacio donde le esperaban los conspiradores. Uno de ellos, Iusupov, alegando que la fiesta aún no había comenzado, lo invitó a pasar a la bodega. Allí se inició la dificultosa tarea de matarlo. Primero fue envenenado con potentes dosis que parecían no afectarlo. Luego, ante la desesperación de los victimarios, uno de ellos le disparó en el medio del pecho. Rasputín cayó al suelo inerte y lo dieron por muerto, pero prematuramente. Mientras trasladaban el cuerpo, la víctima volvió en sí y, rabioso, echando espuma por la boca, atacó a sus verdugos y huyó moribundo a través del jardín. Una vez más le dispararon. Tres veces, por la espalda, y la última bala dio en la cabeza. Caído y desangrándose sobre la nieve, Rasputín recibió una incesante andanada de brutales patadas en la sien. Cuando finalmente quedó quieto, los conspiradores envolvieron el cuerpo en una cortina azul, lo ataron con una cuerda y lo arrojaron al río. Tres días después, cuando fue descubierto el cadáver, los pulmones estaban llenos de agua. Con la sangre envenenada y el cuerpo atravesado por las balas, Gregori Rasputín había muerto por ahogo.

Antes de morir, y ya sospechando un atentado contra su vida, Rasputín le había dejado una profética carta dirigida al zar con la siguiente advertencia: "Si yo muero asesinado por un grupo de aristócratas, usted y su familia quedarán manchados de sangre, y de aquí a dos años encontraran la muerte a manos del pueblo ruso". Tal como anunciaba la profecía, dos años más tarde, el zar y su familia fueron ejecutados, destripados y enterrados a manos del pueblo ruso. O mejor dicho, de los revolucionarios rusos.

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