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Carlos Páez Vilaró

Cumple 90 años (el 1° de noviembre) y recibió a Freeway en su taller de Argentina, su Casapueblo Tigre, donde crea cuando el frío invade Punta Ballena. Nos contó sobre una vida forjada por colores y un impulso juvenil

Julio 01, por: Victoria Molnar

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En el cielo hay un sol-páez-vilaró, es un buen día para visitar Tigre y recorrer, de paso, un ratito la orilla verde del río de aguas marrones que recorre sus islotes, así que salgo con horas de anticipación para tomarme un colectivo porteño y luego un tren, son un poco más de 30 kilómetros desde Buenos Aires. El transporte público me abandona y llego tarde a la cita. Apenada: ¡40 minutos tarde!

A la distancia Carlos Páez Vilaró abre el portón a control remoto de su Casapueblo Tigre y me recibe tras la pesada puerta de su taller grabada en bronce por su hijo Sebastián, uno de los tres argentinos que tuvo junto a su tercera esposa, Annette Deussen y que “se unen a los tres uruguayos”. Ella está a su lado con una sonrisa atenta; joven, alta, rubia, bellísima, elegante, es una alemana radicada hace décadas en la Argentina que supo dejar todo por amor e irse detrás de este maestro.

Comparto parte de su intimidad hogareña en anécdotas, esa por la que ella cocina kilos de ñoquis del 29 y comida alemana tradicional para reuniones de incontables comensales mientras el pinta; o por la que me entero que Carlos prefiere las milanesas con huevos y papas fritas para sorpresa de sus amigos chef: “Les digo eso y me miran con una mueca, pero es la comida más rica”, dice.

En la Casapueblo Tigre se unen una búsqueda preciosista de orden imperturbable con la rebeldía despreocupada de una juventud intacta en la que Carlos se rehúsa a cambiar sus bohemios mocasines negros de décadas por unos zapatos nuevos; y, por si fuera poco, en medio del cotidiano lo llama Gerardo Sofovich y le anuncia que irá a la inauguración de su última muestra en el hermoso Museo de Arte del Tigre. Se llama “El color de mis 90 años” y estará hasta agosto con una retrospectiva y decenas de cuadros que acaba de pintar a vuelo de pájaro en un homenaje al color blanco.

En la segunda Casapueblo también hay un cuarto dedicado al archivo y repleto de sus obras. Allí, luego de las fotografías de rigor, descubrirá -con brillo en los ojos- un gran espacio en blanco en el reverso de la puerta: "Seguramente cuando vuelvas a visitarme ya la voy a haber agarrado, no puedo evitarlo para mí el color blanco es la seducción no puedo dejar de garabatearlo, sea un plato en un restaurant, una pared o una sábana y siempre comprendí que los colores son los verdugos del color blanco, porque a medida que el color invade la tela el blanco va muriendo, se va asfixiando", comenta y fibrón negro en mano de casi un solo trazo estampa dedicatoria y dibuja en la primer página de su autobiografía lo que yo –tal como él me sugiere hacer con sus cuadros- prefiero creer que es un gaviota. Me la regala, me dice que no le gustan las entrevistas biográficas, que la lea. "Vamos a ver qué sale…", me dije. 

-Casi 90 años intensos y te denominás como el pintor del “medio del rìo”. ¿Cómo fue escribir una autobiografía?

-Y, casi un siglo... ¡Te das cuenta! Estoy muy contento porque realmente me animé a hacerlo. La mayoría de los escritos son anécdotas que fui almacenando en un baúl y antes de que se pongan amarillas se me ocurrió que debía, por lo menos para que mis hijos me lean y sepan lo que fue la aventura mía de la búsqueda del arte. Yo llegué a la Argentina a principios de los ‘40 y a partir de ahí jugué a las visitas. Esta casa en la que estamos (Mira alrededor) es la prolongación de Casapueblo, para mí son lo mismo. Acá me ramifiqué y me guió por la temperatura: cuando hace frío acá tengo toda calefacción, allá un error que cometí en la construcción es que dependo de la leña y de trasladarla por toda la casa que tiene muchas escaleras. Incluso capáz esta casa de Tigre fue modelada con más pasión, me magnetizó el terreno y me gustó que tuviera una casa antigua, aunque la otra la construí de la nada. Pero, igual, la obra que me genera más satisfacción y respeto es la capilla de Los Cipreses, que es un cementerio privado, ahí volqué toda mi pasión por hacer… Por más que yo no soy arquitecto para mí era como hacer un horno de pan y ahí apliqué todos mis oficios con insolencia y logré algo que realmente pienso que tiene una gran corrección. Sobre todas las cosas yo soy un preciosista, estoy en los detalles, soy muy chinche con eso. Acá (Señala hacia una gran mesa hecha con un carretel de cable de antaño sobre la que estamos tomando café en unos pocillos chinos) no vas a encontrar un papelito. Al orden lo ves en la mesa mía de trabajo y en todo, aunque cuando estoy pintando confieso que soy bastante desprolijo porque ataco como si fuera con fiebre, para mí es como echar colores. Pero después enseguida me ordeno, quiero saber exactamente dónde están los colores y lo necesito porque yo voy inventando colores y si tengo orden después los puedo reconstruir. Me zambullo y soy un intento. Intenté la cerámica y ser alfarero. Intenté la arquitectura y ser arquitecto. Intenté la pintura sin tener maestros. Intenté la cinematografía en Kenia que clausuró aquel Festival de Cannes sin ser cineasta. Incluso intenté escribir sin ser escritor. Sigo intentando… Toda la vida fui un hacedor de cosas. Más que un pintor y un escultor he sido un hombre con ganas de hacer cosas…

-Lograste que tu arte se vuelva marca exitosa. ¿Cómo es tu relación con el dinero?

-Mi relación con el dinero es mi relación con la pintura. Usé y uso el trueque, yo inventé mi propia moneda y lo digo con orgullo. He cambiado una fruta por un cuadro y, también, he cambiado una operación en un hospital por un cuadro. Y le he dado a cada situación el precioso valor de poderlo responder con mi pintura. Y he sido bien interpretado. La gente es sensible. Por supuesto, hay gente que no le gusta la pintura y me ha rechazado la oferta. Es un placer darle a lo que haces el valor de lo que necesitas. ¿Por qué causa si vos tenés sed en África no vas a cambiar un dibujo tuyo por una botella de agua o por una fruta? Lo importante es que sepan valorarlo. Cuando la tragedia de Los Andes, me pasé esos meses trucando mi experiencia de búsqueda (de su hijo, Carlitos Páez) por cuadros. No estaba en una buena situación económica como para el despliegue de una búsqueda, pero los chilenos me dieron todo: el corazón, el caballo para andar, el hospedaje para vivir y el alimento.

-Me decías que alguna vez encontraste rechazo ante ese trueque…

-Casi nunca. Tengo la tradición que cuando voy a los restaurantes dejo un plato dibujado, siempre llevo un marcador y hago un sol, y en una oportunidad cruzando la frontera de Brasil el dueño del restaurante casi me pega un tiro, porque me corrió con la escopeta: “Usted no me puede arruinar la vajilla”, me dijo. Era justo pasando la frontera yo iba para la Bienal de San Pablo y se enojó, muy agresivo. Y lo de la vajilla es un mensaje, es como la pintura mural, cuando tu pintás un mural sabés que estás pintando frente al pueblo, generosamente estás poniendo un cuadro frente al portero del edificio, frente a dos chicos que se quieren, frente a un policía que se cruza en bicicleta. En cambio la pintura de caballete que es a la que yo estoy más vinculado es una pintura egoísta que sólo la gozan aquellos que pueden adquirirla. La vajilla para mí fue muy importante porque sobre ella alcancé mi mensaje de llegar con la pintura a todos, fue un embajador. Y el gran inspirador de que yo hiciera cerámica fue don Pablo Picasso que puso en mis manos una serie que después yo expuse en Montevideo. Cuando vos te encontrás con un grande, como era él, que todo lo que tocaba era arte, salís impresionado de que te haya recibido…

-Fue un antes y un después en tu vida Picasso.

-Total, total. Pero lo que pasa es que todo artista tiene algo de Picasso. Lo podrán reconocer, como yo lo reconozco, o no.

-Es polémica la afirmación para el Uruguay torresgarciano… ¿En qué sentido decís que todos los artistas tienen algo de Picasso?

-Porque Picasso vio todo, hasta cuando pasa un avión lo vez que tiene forma picasseana; una mujer con cola de caballo es picasseana. Enseguida se descubre Picasso, enseguida se descubre que está Picasso ahí jorobando. Después, en lo personal, me hizo mucho bien el estar en el grupo de artistas del “Grupo 8” con grandes maestros como García Reina. El refinamiento en la pintura como Miguel Ángel Pareja, Lincoln Presno, Pavlosvky… Éramos ocho aventureros pintando un cuadro cada uno para mostrar la pintura de Uruguay fuera del país y expusimos en Marruecos, en Damasco, en Alejandría, en Port Said, en Suez, en Buenos Aires.

-Interesante que nombres al Grupo 8, hay un imaginario de los artistas como solitarios y bohemios. ¿Cómo es tu caso?

-Sería lindo hacer una exposición de lo que fue ese grupo… Es que todos somos bohemios de alguna manera, la mía no sé si es una bohemia más organizada pero es una bohemia también. Soy de una gran simplicidad. La vida mía, fuera de todo este regodeo estético, es simple. Creo que lo más importante y que me ha ayudado a obtener algunos logros es el hecho de considerar que todos somos familia, desprenderme de lo que significa discriminación. Para mí somos todos iguales y si te desprendes de ese orgullo humano es fantástico. Los pájaros se besan, los perros mueven la cola y se acercan y el hombre tiene miedo. El hombre está leyendo el diario en el tren y termina de leerlo y en lugar de pasárselo a otro que está al lado aburrido, se lo guarda ahí o lo tira. Yo estoy en otra cosa. Mi mujer me rezonga porque hace 20 años que sigo con los mismos mocasines, a ella le gustaría que fuera más prolijo en el vestir y yo reniego, no quiero que me vistan como a un monito. Pero ella en realidad me cuida porque cuando tenés 90 años todo el mundo te despide y te nombran, te inventan títulos raros, te hacen homenajes… Y ella me dice: “No aceptes”, porque al aceptar tenés que ir a una ceremonia y eso es cansancio y son muchos años mis años. Pero yo me siento joven y sabés por qué me siento joven, porque tengo proyectos, me siento joven porque estoy con los jóvenes y me abastezco, soy una aspiradora, me enseñan y yo siempre escucho. Les veo tanta sinceridad, son más audaces; y hay gente que les teme porque tienen caravanitas o aros en la lengua o un tatuaje, pero esa expansión es tan linda y siempre les recomiendo que intenten y se tiren en el océano sin saber nadar.

-¿De qué edad te sentís?

-De 30 años. Lo que pasa es que tengo dos operaciones en el corazón, tengo un marcapasos que orienta el rumbo de mi vida. Me voy debilitando y el organismo se va… Es como una máquina…

-¿Te frustra eso? ¿Te atemorizaron las operaciones?

-No me frustra porque me siento con una inspiración permanente, con ganas de escribir, con ganas de invadir otros terrenos que serían una insolencia mía. Y las operaciones sí, siempre, es como entrar a un mundo del misterio. Pero de todas maneras cuando llega el momento te aferrás a las oraciones. Yo tengo una manera muy especial de creer porque solamente conozco dos: el Ave María y el Padre nuestro. Las uso por ejemplo al tomarme un avión y me quedo contento.

-¿Además de Picasso a qué otro pintor admirás?

-Yo me fui quedando en los clásicos. Pedro Fígari, por ejemplo, fue el gran ordenador de mi pintura inicial porque era como una especie de impresionista de la época colonial. Y yo siempre decía: “Este hombre los pinta en el recuerdo, en cambio yo los voy a pintar en la realidad”...

-Hay una imagen de una Montevideo gris muy arraigada del arte y la literatura uruguayas del siglo XX, pero vos le diste bastante color…

-Montevideo tiene tristeza de tango. Igual, no sé a qué se debe, pero está rodeada de talentos y de gente interesantísima. Algunos de los espacios de esta exposición mía se lo dediqué a Eduardo Galeano y a (Mario) Benedetti. ¡Qué figuras que da el Uruguay! ¿No? Pero lo del color se lo debo a la negritud, a haber participado en las comparsas, haberme subido a los camiones tocando los tambores llegando a los tablados. La universidad de la calle fue maravillosa y de eso hace 70 años. Es una maravilla el ritmo y la emoción de llegar en un camión y entrar en el barrio rompiendo la acústica… Además, lo más importante para mí, de todo este tema del carnaval, es la generosidad del afrodescendiente, de haber permitido que el blanco se adhiera a sus filas, es un detalle de una raza que sufrió mucho y hay que tenerlo en cuenta. Gracias a los negros tenemos un folklore de calle maravilloso en Uruguay y que es Patrimonio de la Humanidad. Y yo gracias a ellos hasta compuse sin conocer música: creaba el ritmo y le tarareaba las melodías a un amigo de Gardel, que era (Arturo) Senez, autor de tango, y él lo traducía al pentagrama; y después, Carlitos Warren, que era un gran pianista de aquella época, me ayudaba para que me permitieran registrarlo en la Sociedad de Autores. Algún día alguien va ir a revisar todas las obras musicales que yo tengo registradas que son como 30 fácil…

-¿Cómo juega el ego en un artista?

-Muchas veces me trataron como un loco y no me preocupó porque yo me hice el gusto. Me encantaría alcanzar el arte, no sé si lo he tocado y entonces voy para adelante. En cambio, conozco algunos amigos míos que manejan la vanidad. Yo sé donde estoy parado y sé todas las deficiencias, trato de observar el oficio de otros pintores para ver si puedo rascar cómo hizo tal efecto y por qué logro tal cosa. Aprendo en el camino y me da placer ahora mismo (Estamos en su gran taller) mirar los cuadros, los disfruto, es como tener un jardín y regarlo. Estoy feliz de la vida, yo me alimento de mi arte con atrevimiento. Si te pones analizar cada cuadro es un libro. ¿Qué habrá querido decir Páez Vilaró al poner ese pescado que está prendido a esos brazos o con ese hombre que tiene dos caras que tiene las piernas presas por una cabeza que no tiene cuerpo? Quizás la gente se pasa media hora mirando un cuadro, tratando de inventar su historia, mis cuadros te dejan libre a la imaginación y estoy contento de haber llegado a los 90 años con esa firmeza detrás. ... “Me zambullo, soy un intento, sigo intentando”, me repite Carlos Páez Vilaró, casi como un mantra, al final del recorrido. Lleva cuatro pulseras de pelo de cola de elefante -tienen nudos imposibles y parecen hechas con cables negros-, son “para la suerte” y las trajo de África en los ’60. Mucho ha pasado desde entonces, forjó un camino que extrañamente combina el arte con el éxito en vida y sigue “con ganas de seguir”. Una suerte efectiva y perdurable la de este maestro y gigante hacedor. Una suerte de elefante.

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