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Martín Daian

Un rato con el dueño, boletero, vendedor de pop y encargado de las proyecciones del cine de Cerrito de la Victoria

Mayo 06, por: Sebastián Cabrera

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A eso de las siete de la tarde de un lunes otoñal hay poco movimiento en la calle Granaderos. Un grupo de muchachos toma unos vinos en la esquina y de vez en cuando alguien pasa caminando. En esta calle y a unos metros de la Avenida San Martín está el cine Grand Prix, ese que Martín Daian abrió en julio del año pasado en pleno Cerrito de la Victoria. Y, la verdad, es casi un milagro que aún hoy siga abierto. Más bien, cabe preguntarse cuánto tiempo más seguirá abierto.

Toco el timbre, pasan unos minutos y nadie responde. Parece que el timbre está roto, así que llamo al celular de Daian y enseguida atiende.
Ah, ¿ya estás acá? Dame dos minutos y bajo —me dice.
Y ahí aparece Daian, un fanático del cine de 38 años que se hizo famoso por haber reabierto esta vieja sala y también por haber amenazado más de una vez con cerrarla.
Abre una reja, me da la mano y pregunta si voy a sacar alguna foto al edificio. Acto seguido cruza la calle y dice que desde enfrente se ve mejor el cine, que es el mejor lugar para fotografiarlo. Va hacia la izquierda, va hacia la derecha, vuelve a la izquierda y sentencia:"Sí, desde acá podés sacar una buena foto".

Mientras estoy en eso, él saluda a un vecino que sale a sacar la basura. Iron Man 3 y Los Croods son las películas en cartel los días que abre el cine: viernes, sábado, domingo y feriados. En mayo se estrenará El Reino Secreto y Rápido y Furioso 6, según se anuncia en la marquesina. Lo de Grand Prix es el cine comercial. Nada de películas lentas o algo intelectuales porque, según me explicará después Daian, eso no vende. 

Entramos al hall, que está a oscuras. Enseguida siento ese inconfundible aroma a pop y unos segundos después escucho una vocecita de una niña. Es Luna, la pequeña hija de Daian, que quiere jugar con el padre. Este es un negocio familiar. Tanto que él está viviendo con su mujer Ingrid y su hija en el edificio del cine, estos días.

Daian enciende las luces del cine y entramos a la renovada sala, que luce muy bien, tiene dos pisos y 742 butacas. Pero empieza a sonar una sirena insoportable: se olvidó de sacar la alarma.Este cine había funcionado desde 1962 hasta 1979. Después fue depósito de cerámicas y luego de productos eléctricos. Daian lo compró en 2008 pero le llevó tres años reciclarlo y ponerlo en buenas condiciones, además de conseguir todas las habilitaciones. Invirtió mucho dinero (dice que unos 600.000 dólares) y se hipotecó. Pero hoy apenas le da para vivir. La inversión que hizo, especula él, se podría recuperar en unos diez años o en su defecto vendiendo el cine antes.Nos sentamos en dos butacas más bien al fondo de la sala y enseguida siento que mis zapatos quedan adheridos al piso. Daian cuenta lo complicado que es mantener abierto un emprendimiento como este y, mientras él dice eso, yo pienso que antes -cuando no vendían pop ni refrescos- era más difícil que el piso de un cine quedara así de pegajoso.

 ···

En vacaciones de julio contratará uno o dos empleados, pero por ahora él hace todo: vende las entradas, cierra la boletería, sube a la cabina, larga la proyección y después baja otra vez.

—¿Sos como un hombre-orquesta? —le pregunto.
—Y sí, soy un hombre orquesta. Tengo que estar corriendo. Yo demoro cinco minutos entre que subo, largo la película y bajo corriendo al hall. En esos cinco minutos me pierdo de vender un pop o un refresco. Tendría que inventar un sistema para manejar el proyector desde la boletería... Porque no puedo pagar sueldos si hay días que vienen 20 espectadores. Las películas son caras, se llevan el 50% del bruto de la entrada.

—Hace poco cerró el Espacio Guambia y el Cine Universitario. ¿Te parece que tu historia es similar a esas?
—Por supuesto. Estamos hablando de lugares de esparcimiento. Hoy se apunta a que todos los teatros y los cines estén solo en los shoppings pero hay gente a la que le gusta andar en la calle. Es muy triste que tu vida dependa solo de los shopping.

—¿También tuviste problemas con los Bomberos?
—Mirá, primero tuve que instalar un sistema contra incendios que costó unos 20.000 dólares. Salí a pedir la plata de apuro porque no sabía que pedían eso… Y después empezaron los trámites, que demoraban. Pero yo tenía que abrir, había invertido y no podía perderme las vacaciones de julio. Y acá no se prende fuego nada, la sala es toda ignífuga.

—¿Entonces ya tenés la habilitación de Bomberos?
—No, tengo una habilitación precaria. Hay un atraso muy grande en entregar las habilitaciones.

—En marzo se dijo que cerrabas el cine…
—Es que tenemos gastos gigantescos. Vino algo de público y hoy estamos tratando de seguir adelante. No lo quiero cerrar.

—¿Pero está difícil?
—Tiene que venir más público para que no cierre. Todo el mundo pasa por la puerta y dice “pah, qué bueno, qué lindo que volvió el cine al barrio, hagan lo posible para que no cierre”. Y yo les digo: “Ustedes son los que pueden hacer que no cierre. Tienen que venir una vez por mes y colaborar con una entradita”. Son cien pesos y este es un espectáculo de lujo.

—¿Cuántas entradas hay que vender para que no cierre?
—Y por lo menos necesito vender 300 o 400 entradas por semana. Para sacar una ganancia y mantener a mi familia. Hoy estoy vendiendo entre 100 y 150 por semana.

—¿El Estado colabora en algo?
—Económicamente, no. Ni un peso. Al revés, he pagado impuestos carísimos, 150.000 pesos por año… Yo ahora tengo que comprar un proyector digital porque las películas dejarán de venir en 35 milímetros. Y esa inversión es de 80.000 dólares. No puedo pagarlo. Voy a hablar con el Ministerio de Educación y Cultura a ver si intercede con el Banco República para que me dé una línea de crédito blando.

···

Daian cuenta que ya ha recibido un par de propuestas de iglesias, de esas con pastores de acento abrasilerado, para alquilarle la sala y también alguna consulta para comprarla. Pero por ahora no la quiere vender, le da lástima.

—¿Pero pensaste en la posibilidad de vender si los números no cierran?
—Estoy tratando de que no. Pero si viene alguien con una propuesta interesante no me queda más remedio. Para una iglesia esto ya está pronto. También podría ser un supermercado, pero tienen que destrozarlo… ¿Pero qué hago yo después? ¿A qué me dedico? ¿Me compro cuatro o cinco apartamentitos y vivo amargado en mi casa porque ya no voy a tener cine?
 ···

Su película favorita de todos los tiempos es la italiana Cinema Paradiso. Dice que desde que tiene uso de razón su vida está ligada al cine: a los tres o cuatro años miraba películas de Disney (la primera cree que fue La Cenicienta o Bambi) y a los siete años le pidió a su padre que le regalara un proyector de juguete que vio en un bazar en Paso Molino porque quería jugar al cine en su casa.

—Una alegría ese proyector… Venía con una película de regalo. Una película muda en blanco y negro, que duraba ocho minutos y era de las primeras de Mickey Mouse.
—Ese fue tu primer vínculo formal con el cine.
—Exacto. Después a los años yo quería tener un proyector sonoro y con papá, que es técnico en electrónica, quisimos reformarlo para darle sonido. Pero después apareció un amigo de papá, Raúl Valdez, que se dedicaba al cine. Y compramos mi primer proyector sonoro de super 8.


—¿Sos el primero de la familia que se dedica al cine?
—No. Mi abuelo paterno, el abuelo que no conocí, era dueño de un taller de revelado de fotos pero además era aficionado al cine. Filmaba y tenía un proyector allá a fines de la década del 40. Era caro filmar en esa época y nosotros éramos una familia humilde.

...

Daian dejó de estudiar a los 12 años, su familia necesitaba plata. De adolescente se dedicaba a comprar viejas máquinas de cine, las restauraba y las vendía. A los 18 años abrió una empresa y empezó a proyectar videos en fiestas. También hizo reparaciones de máquinas en los cines. A los 20 y pocos años vivió en Estados Unidos y trabajó allá en lo mismo. El sueño era ahorrar dinero para recuperar un cine de barrio.

El primer intento, fallido, lo hizo en 2006, cuando abrió el complejo Atlántida Cinemas. Vaya a saber por qué, Daian omite hablar de ese complejo durante nuestra charla. Unos días más tarde yo lo volvería a llamar expresamente para preguntarle de este cine y él diría que sí, que durante un año alquiló ese complejo en la Costa de Oro, pero que lamentablemente no anduvo bien.

Sí habla mucho del Belvedere Palace, el cine de su infancia en la calle Carlos María Ramírez. Sus abuelos, que eran zapateros, vivían casi al lado y, cuando había plata, lo llevaban. Muchos años después, a comienzos de la década pasada, quiso comprar el edificio del Belvedere Palace pero no lo logró. Le ganó una iglesia.

—Lloré mucho, sufrí mucho cinco o seis años —recuerda él—. Era la sala de mi niñez. El sueño era recuperar esa sala para poder recuperar una parte perdida de mi infancia. Y obviamente no siento las mismas cosas con este cine que tengo ahora, por más que esté nuevo y precioso, que hubiera sentido con aquel cine.

—Hay algo romántico en tu postura. No buscás negocios del todo redituables, parece...
—Hay todo un tema de nostalgia de mi infancia. Hay quienes te dicen infantil. Yo no sé quién es el vivo en este planeta. El ser humano tiene una soberbia muy grande y nadie actúa con naturalidad en la vida. Yo hago lo que siento, lo que me parece que es correcto. Hay que guiarse por los instintos. Yo acá no pretendía hacer un gran negocio: el cine ya no es negocio desde hace 50 años.

—¿Imaginabas que esto iba a ser mejor?
—No, no. Sabía que iba a ser así. Y todo el mundo me pregunta: “¿Para qué lo hiciste, entonces?”. Porque tenía que hacerlo. La vida es esto: o te quedás sentado tomando mate mirando a los vecinos por una ventanita o te aventurás. A eso venimos. Yo ahora le estoy dando vida al barrio. Y ellos me tienen que apoyar más.

—Ahora, en vez de Rápidos y Furiosos, podrías pasar alguna película más cultural o con un poco más de vuelo. ¿No?
—Totalmente. Me encantan esas películas pero no funcionan. No puedo pagar la luz. Hace poco pasé Rincón de Darwin y no llegué a 20 entradas en dos fines de semana. Lo que me funciona es Hollywood. Con Iron Man hice como 100 personas por día el fin de semana del estreno. Y con eso pichuleo.

De fondo se escucha jugar a Luna. La charla termina. Nos paramos, lo saludo y él me pregunta si soy del barrio. Le digo que no, pero igual me da dos invitaciones obsequio para ver la película que yo quiera y cuando quiera en el Grand Prix. Los dos papelitos tienen un sello con su nombre y su firma. Me guardo las invitaciones en la billetera, no sé si las usaré. Tal vez dentro de algunos años sean una verdadera reliquia. Tal vez no. Pero, al menos, serán un buen recuerdo.

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