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Sergio Vigil

Cachito, el hombre que hizo trascender el hockey sobre césped de Argentina en el mundo con Las Leonas, hoy colabora a los ponchazos con el crecimiento de la disciplina en Uruguay. 

Marzo 12, por: freeway

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Por Martín Macchiavelo (Fotos: genileza diario Olé)

En silencio, le estás dando una mano grande al hockey uruguayo. ¿Cómo llegaste hasta ahí teniendo todo al otro del Río? ¿Desde cuándo sos tan Celeste, Sergio?

Uff. Hay un sentimiento muy grande detrás. Más allá de la educación que pudimos recibir, de saberlo país hermano, hubo cosas que me marcaron. ¿La primera? Daniel Viglietti. La música fue una puerta de entrada a la búsqueda interna, a la chance de revelarse, de ir más allá. Fue mensaje, potencia y emoción en momentos que en la Argentina cierta música estaba prohibida. Por eso, alguien tiró un par de cassettes y yo los escuché… Me desalambró el alma. Algo similar me pasó con Víctor Heredia.

¿Y cómo se pasa de Viglietti a la ayuda en un córner corto en Montevideo?

Algo se generó. Cuando fui entrenador de las chicas hice varias visitas. Mi primer encuentro, dentro de un curso que dí, fue con una selección Sub 21 que me ayudaban a ejemplificar los ejercicios. Me enamoré de su humildad, su actitud, su sueño. Con muy poco, jugadores y cuerpo técnico, hacían mucho. Yo el Uruguay lo conocí de grande. Pertenecía a una clase media trabajadora: mamá docente, papá modelista de calzado. Y esos días en Montevideo fueron geniales. Hablamos de todo un poco. Y el último día, en el Mercado del Puerto, vino todo el grupo a despedirme y me trajo como regalo los CD’s con la obra completa de Daniel. Incluso con Trabajo de Hormiga, que yo no lo podía conseguir. También me trajeron la camiseta del Enzo (Francescoli), aunque la Celeste. Ligué como loco, je. Pero con las Leonas, los viajes, la competencia, perdí continuidad. Hasta que (la doctora) Danae (Andrada Barrios), la presidenta de la Asociación me invitó a un proyecto y, a pesar de mi falta de tiempo, el amor fue más fuerte. Mi sueño de apoyo a Uruguay es que pueda darse cuenta del potencial interno que tiene y valorarse, sin ocupar el lugar que cubrir el ciudadano uruguayo. Yo sólo debo motorizar el despertar constante.

Igual, las chicas no tienen ni una cancha como la gente. Por eso se venían a San Fernando, Buenos Aires, a entrenar. Vos tenés una impronta ganadora, medallas por todas partes, pero… Te metiste en un mundo distinto. ¿Cómo hacés para ponerte en lugar de punto cuando vos siempre fuiste banca? Es incluso un tema cultural…

El respeto que tengo por el gen uruguayo es tremendo. No hay en la faz del mundo algo que se pueda asemejar, en competencia, al gen rioplatense. La garra, el espíritu combativo, el orgullo, la improvisación… Y eso en el alto nivel es fundamental. Antes de ganarle, las tenés que matar en la cancha, porque siempre se van a levantar una vez más. Parece que están vencidas y sacan fuerzas de un lugar recóndito para dar vuelta una situación. Ojo, así también el gen te hace por momentos poco previsor en cuanto a la planificación con continuidad a través del tiempo. Pero estas chicas, lo único que tienen de punto es su infraestructura, su desarrollo, sus chances de competir en el mundo con igual posibilidad que el resto, su presupuesto económico… Su naturaleza no, no es punto. Sin tener una cancha de sintético de agua, sin tener la tranquilidad, siendo un equipo que tiene que entrenarse de 6 a 8.30 para estudiar y trabajar, y así poder pagarse los viajes, es increíble la calidad que muestran. Hacen un gran esfuerzo, como la Federación y el Comité Olímpico Uruguayo. Pero todavía no alcanza. Cuando logren vencer esos obstáculos, se van a meter en el primer plano americano. En poquito tiempo podrán destronar a Canadá y Chile y empezar a un acecho asfixiante con Estados Unidos. Y en cuatro años, eh. Todavía las separa una amplia brecha de la Argentina, pero podría participar en un Panamericano con posibilidad de medalla de bronce y aspirar a una final. Y competir en Mundiales. El hockey uruguayo está hambriento en una jaula pidiendo que le abran la puerta. ¿Y qué necesita? Falta el apoyo a nivel empresarial. Desde 2001 doy charlas de motivación y liderazgo y sé el valor que le darían las empresas al ayudar a una selección nacional. Es más, yo también quiero comprometerme: si se pone la cancha de sintético y se ayuda a la selección a cubrir los gastos de la competencia, mi compromiso es trabajar gratis en Uruguay de por vida, que todo lo que pueda ayudar al Uruguay a través del tiempo, no les cueste ningún gasto. Eso sí, a la cabeza del proyecto deben estar genuinos uruguayos charrúas.

Un poquito más y te subís al primer barquito para no volver… Menos mal que lo conociste de grande…

Todos me hablaban de las playas uruguayas, de Punta del Este, de Atlántida, y yo no nunca iba porque no era un lugar para mí, un prejuicio socioeconómico. Pero en 2004 había terminado mi ciclo en Las Leonas y mi hijo Thiago tenía un año. Necesitaba un lugar tranquilo y me recomendaron entonces La Pedrera. Llegué con una tormenta terrible y pensé en el nene. ¿Adónde iba a ir si se me enfermaba? Entonces Juan Pablo Sagarna, consultor de Sportcases, me alquiló algo en… Punta del Este. Nos fuimos a Pinares. Pensé que iban a ser todos snobs, que iba a tener que andar careteando pero… Pasé un verano de ensueño. Me empaché de atardeceres. A los dos años, cuando Thiaguito empezó a meterse al mar, nos fuimos a las playas de Tío Tom, a Pinares de Portezuelo. Y se convirtió en mi lugar en el mundo. Durante 11 meses espero enero para volver. A Punta vuelvo el último día, antes de pegar la vuelta, para comprar souvenirs.

Sos un tipo reconocido. Acá y allá. Desde la profesión y desde tu docencia full time. Fijate que el técnico de la selección uruguaya se llama Oscar Washington pero se lo apoda por lo que fue, por lo que es: Maestro. ¿Ser del mismo palo y tener el OK popular habla de la necesidad de contar con educador que conduzca deportistas/seres humanos?

El Maestro Tabárez es un ser íntegro. Transpira humildad, es una persona reflexiva, con convicciones y toma de decisiones. Y tiene bien claro qué tipo de equipo quiere conformar con Uruguay más allá de lo táctico y lo estratégico. Tuve una experiencia, un día, en una cena. Inolvidable. Estaba con mi esposa y mi hijo en el restaurante y Alberto Márcico, aquel notable jugador de Ferro, Gimnasia y Boca, estaba en la mesa de al lado. Nos miramos, nos saludamos, y se sentó en la nuestra. Empezamos una hermosa charla. ¡Cuánto lamento no haber tenido un grabador para regalársela al Maestro, por todo lo que habló el Beto de Oscar! Es lindo, con el paso del tiempo, que tus asistentes, tus jugadores, hablen con un sentimiento, y sin necesidad, y dijeran lo que decían de Tabárez. Como un rayo el Beto empezó a hablar del Maestro. Y su emoción fue indescriptible. Sobre todas las cosas, el Maestro es un gran hombre.

En la actualidad estás más cerca de un rol gerencial-ejecutivo que de entrenador, algo que igual no perdiste porque fue tu anhelo desde los 12 años. Pero… ¿Cómo es vivir y dirigir en una sociedad donde parece más importante el técnico de tu equipo que la maestra de tu hijo?

Muy duro. Uno le endilga todo a los gobernantes pero… Es el ciudadano el que debe dar vuelta esa tabla de valores. Mientras al maestro no se le dé el lugar y la autoridad a través del mensaje desde la población, desde todos los estamentos… Y esto va para las instituciones, los medios de comunicación, y la propia casa. El entrenador también es un docente. Pero hay un problemita. Hoy en la sociedad se le da valor a las cosas según la llegada que tenga. Hay trabajos, deportes, que tienen otro status, otro marketing, desde el mundo externo. Hasta que no se nos bombardee con cuestiones verdaderamente imporantes… Cuando un entrenador deportivo pasa a ser protagonista desde un lugar exclusivamente numérico… Es un semi Dios cuando es campeón y un villano cuando sale segundo. La sociedad está contaminada. Pero el error es conceptual. Hoy el resultado numérico es todo. ¿Vos elegís al número 1 o al mejor?

¿No estaría eligiendo lo mismo?

Es el tema de mi libro, un diálogo entre la Profundidad y la Superficialidad. La Profundidad le pregunta a la Superficialidad cuál es la diferencia. Para la Superficialidad el número 1 es mejor. Ahí empieza un duelo tremendo entre las dos posturas. Al 1 lo sustentan los resultados numéricos: “A mí no me pueden discutir, miren mi estadística”. Y lo cuida porque si lo pierde, deja de serlo. Y es capaz de matar por tenerlo para siempre, de matar hasta lo que el mismo construyó. Al mejor, por otra parte, también lo sustentan los resultados numéricos a través del tiempo pero sobre todo sus acciones y sus valores. Es la única diferencia. Al mejor le interesa ser 1, pero más le interesa ser un poco mejor que ayer. El mejor, si tiene que perder, pierde. Ser el mejor está relacionado con valores, como su credibilidad. Los 1 pueden ser pasajeros. El mejor, en cualquier circunstancia, no me va a abandonar en los momentos de crisis, va a sostener su palabra, me va a regalar lo mejor, y no me va a cambiar las reglas del juego.

Igual, vos llegaste a un extremo. Alguna vez dijiste que eras de River y de Boca. Es como decir que se puede ser, a la vez, de Peñarol y Nacional. ¿Cómo darle coherencia a algo tan antagónico?

Yo soy de River y siempre lo fui. En el 2001, 2002, pasábamos una crisis muy grande de seres humanos en la Argentina. Autoestima baja, sálvese quien pueda, enfrentamientos. En ese momento consideré que River-Boca era la mejor metáfora. Contestaba cuando me preguntaban de qué cuadro era hincha: “Soy de River y de Boca”. Era una manera de decir que era hincha del ser argentino, hincha del ser humano. Yo soy de River y siento a River, pero en ese momento tenía que ser de los dos. Y la gente sabe lo que quise decir. Soy de River pero nunca anti-Boca. Duela a quién le duela. Porque el hincha de Boca es un ser humano. Mi papá era hincha de Boca. ¿Voy a ir en contra de mi papá? ¿Tan pelotudo puedo ser? ¿Tan obtuso? Voy a cuidar formalismos, claro. No voy a entrar al club con un color azul o amarillo para no herir susceptibilidades. Es como ir a un cinco estrellas con un pantalón roto. O no vas a dar una clínica en un lugar carenciado y entrar con un Rólex, aunque no uso reloj, je. Al ser humano voy a defender por encima de un color de camiseta. Es un concepto de vida. En mi tabla de prioridades, primero el ser humano que su camiseta. ¿Cómo nos vamos a matar entre nosotros? Más allá de las guerras, que siempre serán incomprensibles, no entiendo que se lastime o se mate por ser de otro cuadro.

¿Y hasta dónde se puede llegar con tu fanatismo por el Fair Play? Hasta tus jugadores te pueden mirar raro. ¿De dónde lo aprendiste, si es que se aprende?

Aprendí la palabra Fair Play por Roberto De Vicenzo. La historia me la contó mi papá. Si mal no recuerdo, la acción sucedió en 1968, en el Masters de Augusta. Su compañero de juego le anotó par en su tarjeta en vez de los tres golpes, el birdie, que había necesitado para el hoyo 17. Después firmó la tarjeta y cuando se dio cuenta del error, de su propio error, era demasiado tarde y no pudo forzar el desempate por el título. “Qué tonto fui”, dijo. Pudo haber ganado pero terminó perdiendo. Cometió un error administrativo que lo privó de ganar. ¿El mensaje? Hay reglas de juego, y cuando te toca perder… A pesar de que sea doloroso, si fallás en algún procedimiento, es mejor perder la copa que perder el respeto por la disciplina, tus compañeros, tus competidores, el público y tu deporte. Los récords se van a batir, pero las actitudes humanas quedan siempre en la memoria. Los títulos son estadísticas, las acciones no, dejan una huella.

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