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Garo Arakelian

Garo Arakelian, después de años componiendo las canciones y empuñando las guitarras de La Trampa, abre un nuevo capítulo en su trayectoria artística con “Un mundo sin gloria”, su primer trabajo solista.<

Octubre 01, por: Freeway

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“Un mundo sin gloria” estará disponible en disquerías sobre fines de octubre. La posibilidad de acceder a una escucha previa al lanzamiento del disco de Garo Arakelian motivó la charla con él. Sobre un giro determinante en el trabajo de un artista que desconfía de la comodidad y la conveniencia se fue hilando una conversación que, de su nuevo trabajo al más antiguo pasado, va en un recorrido menos progresivo y cronológico que libre y antojadizo.

El primer sonido que se escucha en el disco sale de una armónica… pensaba en que es bastante significativo porque es un instrumento que de alguna forma remite popularmente a cierta soledad, la idea de reclusión ahí flotando… de tipo solo que se las intenta apañar…

La canción que abre el disco cuenta cómo desde el encierro, un tipo complicado se vincula con el exterior únicamente a través del viento. La armónica resultó una buena opción para lograr cierta inestabilidad alrededor del centro tonal, para remitir a confinamiento, y para de alguna manera, recrear el viento de los locos. Pero fundamentalmente, era importante que luego de más de 20 años como guitarrista, el disco comenzara “en el aire”, es decir, sin un sonido predecible de guitarras eléctricas. De alguna manera, no permitirle a quien escuche, la posibilidad de suponer que desde el primer sonido ya tiene todo decodificado.

De algún modo mientras hay un apaciguamiento en la comunicación, una suerte de furia finalmente aplacada, en el pasaje de la estridencia de La Trampa a la sonoridad acústica de “Un mundo sin gloria”, me pregunto si en ese camino no hay también un cambio a contrapelo de ello… Es decir, el abandono de cierta comodidad en la rutina de lo conocido por una verdadera y encendida revolución interior… Imagino que debe arder plantarse por primera vez como cantante, vencer los pudores de exponerse más a la hora de defender la canción y encima un poco más desnudo de instrumentos…

Me aterró la posibilidad de que mi “último yo” posible fuera alguno de los que ya habían pasado, y me obsesioné con la terrible idea de que aquél pibe que de chico se fascinaba con superhéroes y que soñaba correr con un nueve en la espalda, llegara al final de su carrera artística haciendo las cosas de taquito y recreando innumerables versiones de su (para ese entonces ya probablemente malograda) mejor vez. La decisión de abandonar el mundo complaciente, obsequioso y permisivo de lo que funcionaba bien, no fue algo que sucedió de la nada, y tampoco se generó a partir de nuevas canciones o empujes de madurez. Reconozco claramente el punto inicial de ese proceso, inmediatamente después de leer por primera vez la siguiente frase del maestro Rubén Lena: “El cantor debe ser como un pájaro. Como un pájaro que por su canto, su plumaje, fealdad o belleza, llame la atención en el monte. Debe llamar la atención de quien por allí pase y en el mismo instante volar. Ni tan lejos que no se lo pueda ver, ni tan cerca como para que se lo agarre o atrape.” La descubrí un tiempo antes de componer el último disco de La Trampa y hasta el día de hoy sigue siendo mi principal guía, fundamentalmente desde el punto de vista ético. Estoy convencido que éste camino que empecé hace años, debe mantenerse incómodo e incluso inconveniente, y que como compositor hay que desconfiar del camino si uno siente que está paseando. En cuanto a si arde cantar por primera vez a los 46 años…sí, claro!, más aún cuando no existe la posibilidad de preservarse en la energía colectiva de una banda de rock, pero supongo entonces que para defender la canción, basta con que a la hora de cantar estés seguro de cada una de las palabras que escribiste, y que esa confianza sea uno de los principales recursos para mantener la atención del público. Y en eso estuve trabajando bastante.

¿Algo impulsó ese salto o simplemente era algo que esperaba su momento?

Si el salto en cuestión es pasar de integrar una banda a ser solista, sí: lo impulsó el tipo de canción que empecé a escribir, porque hay cosas que no se pueden decir de cualquier manera. No habrá una sola forma de contar un crimen pasional, pero seguro hay unas cuantas formas en las que es mejor no decirlo. No habrá una sola forma de cantar “libertad o con gloria morir” pero yo elegiría no hacerlo con la cara pintada. Unas cuantas canciones de este disco requerían una forma apropiada de ser cantadas; por ejemplo poca presión de voz, pausas, silencios, un sonido cercano y acústico, una velocidad moderada que permita seguir un relato, un cantor en lugar de un cantante; todas estas, cosas contradictorias con la esencia de una banda de rock.

Hay más de una referencia a la prensa escrita a lo largo del disco, en canciones que de por sí podrían ubicarse en ese tipo de canciones que son al mismo tiempo una suerte de crónica de diferentes historias, con textos directos; incluso si me apuraran diría que de crónica… no quiero decir roja así que diré “rojiza”… un género que antes de ser atomizado por la mass media solía envolverse en cierto aire poético, negro, pero poético al fin…

Permitime intentar responderte con un breve Elogio de la sangre en la canción popular. Me imagino que en su afán de promocionarse como destino para los europeos de fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX, Uruguay eliminó sistemáticamente toda referencia a lo salvaje, a lo ilícito y a lo violento, no dejando rastros de nada de ello en la cultura popular. ¿Dónde están las historias de la gente de avería, los relatos de asesinatos, los versos sobre matreros, duelos o peleas de gauchos y payadores?, ¿los cuentos de ahorcados y de fugitivos?, ¿las historias de las blancas cautivas, de indios perseguidos, de los negros Cazadores o de los Corsarios de Artigas?, ¿dónde está la historia de la población rural marginada con el alambrado?, ¿dónde están las historias de los crímenes pasionales o las historias detrás de cada suicida?, ¿dónde está el mundo fantástico de aparecidos con sed de venganza?, ¿dónde están los degollados o los chiquilines con Mausers en las guerras de divisas?, y llegado el caso de crónicas no tan lejanas: ¿dónde están las historias de los que no sufrieron el exilio ni estuvieron presos durante la dictadura militar?. Una cosa es segura: no están en la cultura popular, y si de verdad nos creímos que somos mejores luego de haber metido todo eso debajo de la alfombra, quizá sea por eso que cuando Nazario Sampayo presenta los policiales en el informativo, nos parece que éste no fuera nuestro país. A veces se me vienen a la cabeza pensamientos incómodos, como la posibilidad de que la música popular (sea del género que sea), tan solo por el hecho de no revertir esa política de Estado de ocultar lo salvaje y violento, y no sacar nada de lo que está hace más de 100 años bajo la alfombra republicana, es de los principales aliados potenciales con los que puede contar cualquier oportunista cínico que quiera sembrar el miedo, demonizar a los menores de edad o plantear el femicidio como una nueva epidemia. Lejos de acá, aunque afortunadamente para la cultura occidental, el gobierno norteamericano no logró controlar todo el universo salvaje instalado en la cultura popular, y muchos músicos incorporaron y desarrollaron el legado europeo de las Murder Ballads, canciones sobre crímenes, en general de origen inglés o irlandés, y precisamente este género, es una de las principales referencias que tomé en cuenta durante todo el proceso de composición. Por otra parte, la gente se merece un cancionero con algo más que incontables versiones de la ilusión de un febrero que dure todo el año. Una de las opciones es recurrir a historias, ciertas o no, reales o fantásticas, historias que incluyan los tópicos que arden todos los días en la vida de cualquiera. ¿Pero cómo contar historias y cómo medir la distancia entre por ejemplo la promesa inicial del amor y en lo que éste al tiempo se transforma, sin considerar lo salvaje, lo violento o lo sangriento?. Porque yo no escribo para niños.

Pienso en “Railroad Man”, esa canción de los Eels en que Mr E. utiliza esa figura para describir un tipo un poco anacrónico, un poco apartado, un poco reflexivo y un poco afuncional con su tiempo… Podríamos decir, entre otras cosas, que sos un tipo con cierto fetichismo por los objetos antiguos, un acérrimo militante de la conversación y la tertulia, que publica un disco físico en tiempos en los que es altamente probable que sea escuchado por alguien desde su smartphone mientras responde un mensaje de texto…

Si, “Railroad Man” es un excelente ejemplo de un tipo grande que un día se detiene, se mira y comprende la velocidad con la que es conducido a la nada celebrando la libertad de poder hacerlo, y de pronto decide poner en escala humana el resto de tiempo vital que le quede, revirtiendo toda la lógica de la industria actual, bajándose, yendo a pie y aunque no sepa bien cuánto tiempo le lleve, confía en que esa es la única manera de llegar al lugar donde están todas las cosas que una vez dejó atrás. Me gusta la idea de volver a casa, a la intención original, a un lugar donde la palabra hablada y los objetos duraderos vuelvan a ser la medida del tiempo, y donde tenga sentido el honor y la dignidad. En cuanto a la tecnología, la tangencialidad de la música y la comunicación de hoy en día, ni siquiera considero la posibilidad de que las canciones de este disco puedan ser música funcional o fondo para otros quehaceres con rango superior. Creo que es muy difícil cargar con el peso de algunas palabras sin intentar hilvanarlas, seguir el relato. La única opción es escucharlo o no.

La producción del disco está a cargo de Ernesto Tabárez, cantante y compositor de Eté & Los Problems, algunos años menor que vos... ¿respetó los años o padeciste el consabido irrespeto juvenil?

Hace años que con Ernesto padecemos seriamente nuestra amistad. Con él coincidimos en que la infinidad de noches compartidas, las charlas interminables, las coincidencias y las diferencias, incidieron terminantemente en el gran trabajo de producción que se realizó. Prácticamente no se discutió, no existieron esos vergonzosos juicios axiológicos de cuarta que se presentan a la hora de tomar decisiones con alguien que no conocés pero con quien te gustaría coincidir mientras dure el trabajo. Él me respetó de la única forma posible, esto no se trataba de caer en gracia o de disfrutarlo, sino de sacar el mejor resultado incluso forzándome al límite, por la obligación de honrar decisiones anteriores. Con esto quiero decir que supo muy bien hasta cuando exigirme sin dudar, cuando contradecirme o cuando no decir nada. Me siento afortunado de que sea mi amigo y agradecido por lo que hemos hecho con nuestro vínculo, en este caso y contrariamente a lo que hacemos casi siempre, no solo perdimos el tiempo, hicimos un disco. Concretamente con respecto a la diferencia de edad, nunca la percibí, es más: el me ha dicho varias veces que yo soy uno de los jóvenes con más años de Uruguay.

Por fuera de él tenés también cierto contacto fluido con algunos compositores más jóvenes y un viejo vínculo claro y notorio con compositores mayores que vos… pareciera que se te diera más sencillo tirar puentes hacia atrás y hacia delante que hacia los costados generacionales… o de pronto es sólo mi impresión…

Es verdad, me considero descentrado y definitivamente desorbitado desde el punto de vista generacional. Hasta el día de hoy sigo intentando no consolidarme en un supuesto “nosotros”, ni en la auto referencia creativa ni en la celebración de la perdurabilidad. Salvo las contadas excepciones de amigos de mi generación que me apoyaron, fueron músicos menores que yo, y unos pocos maestros mayores, los que me ayudaron a recordar la razón por la que hace muchísimo tiempo empecé a hacer canciones. Volviendo a tu cita de “Railroad Man”, a ellos les debo ponerme a buscar el camino de regreso.

Preguntarle a Garo hoy por sus primeras incursiones adolescentes en el mundo de la canción sería una verdadera canallada… así que, puestos a ser canallas, elevemos la apuesta y vamos a hacerlo mejor: ¿qué escucharía aquel Garo en este disco de su versión mayor, de hombre hecho? ¿qué reacción le provocaría?

Veamos… me imagino que no escucharía vestigios de una adolescencia mal resuelta, enrarecidos con efecto doppler para que parezcan factura de un hombre hecho y derecho. En cuanto a la reacción, quizá aquél Garo estaría orgulloso de aún no haber escuchado al último Garo posible y quizá estaría pensando que este tipo se parece bastante a aquél que quería correr con el 9 en la espalda; pero sin lugar a dudas estaría feliz porque ya no se tratan como desconocidos.

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