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Daniel Iriarte

Nació en Zaragoza en 1980. Un periplo poco planificado y azaroso lo llevó unos años atrás a echar ancla en Turquía como base de operaciones para su trabajo como periodista en la convulsionada zona de Medio Oriente.<

Octubre 01, por: Freeway

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Desde el Kurdistán iraquí hasta Egipto, pasando por Siria, Chipre, Libia o demás destinos si así lo disponen los brotes de la “primavera árabe”, se va moviendo Daniel Iriarte acostumbrado a mirarla con cierta desconfianza según quién la cuente. Eligió templar su oficio lejos de los escritorios, en donde la cotidianeidad tangible a la que Daniel se somete con frecuencia apenas sí puede ser imaginada. Posiblemente también conviva con la frustración con que suelen convivir sus colegas, incapaces de transmitir en el más intenso de los relatos a qué huele la carne quemada por una bala. Ni tampoco a esperar que la alta definición de una toma de video capture el aire que se respira en una improvisada sala de hospital, en la parte trasera de una camioneta, para evacuar a un combatiente del Ejército Sirio Libre.

A Daniel Iriarte no le gusta llamarse ni verse como un corresponsal de guerra. También es verdad que tiene un grandísimo sentido del humor, y que es posible que esto último tenga algo que ver con lo primero.

Sobre el por qué un tipo decide hacer esto con sus días, y algunas otras cosas más, reflexiona Daniel desde su pequeño apartamento en el humilde barrio kurdo de Estambul, ligeramente apartado de las grandes luces de esta ciudad puente entre Asia y Europa. Un rato en la intimidad de alguien que ya ha vivido la vida de varios hombres en el tiempo de treinta y dos años, el tiempo que tantas otras veces nos toma, a la mayoría, apenas dibujar un torpe boceto de la vida propia.

Y un día dijiste “muy lindo todo… pero yo me voy al carajo”…

Una cosa que yo tenía muy clara era que a mí no me metían en una oficina, así que cuando terminé la universidad me puse a hacer documentales. Durante varios años tuve un montón de trabajos de mierda: acomodador en un cine, camarero, teleoperador… Incluso fui paparazzi durante seis meses, algo de lo que no estoy demasiado orgulloso. Con lo que iba sacando, en cuanto tenía unos días me iba a África del Norte, a trabajar en un proyecto que se tituló “El rumor de la arena”, un largometraje documental sobre el conflicto del Sáhara Occidental, que nos salió medio bien para lo verdes que estábamos. Y mientras mis compañeros hacían la postproducción de la película, yo ya me largué a vivir a El Cairo. En los años siguientes salté a Bulgaria, volví a Egipto, luego me fui a Tailandia… Y en cada cambio de país había siempre una mujer de por medio, a la que andaba persiguiendo o de la que quería escaparme. La idea era hacerme reportero freelance, pero a la hora de la verdad me ganaba la vida dando clases de español. La vida, a veces, depende de casualidades. Un día, en Bangkok, me topo por puro accidente con un tipo que había conocido cuatro años antes en los campos de refugiados saharauis en Argelia, y éste me pone en contacto con una amiga colombiana que vive en Holanda, y que está montando un portal web de videoperiodismo. Me fichan, y esa web me permite vivir de hacer reportajes durante los dos años siguientes, y, sobre todo, poder decir “soy periodista” con todas las letras, porque hasta ese momento me sentía un impostor. En aquella época yo tenía una loca historia de amor con una chica que vivía en Nueva York, y con la que me veía cuando en su trabajo la mandaban de misión a Asia. Nos encontrábamos en lugares como Bangladesh, Nepal… Se me ocurrió que Estambul podía ser un buen lugar para instalarnos, y resulta que el portal holandés no tenía a nadie allí, así que me lancé. La historia con la chica no funcionó, pero mientras tanto el diario español ABC andaba buscando un colaborador en Turquía. Tuve suerte y me ficharon, así que allí me quedé.

¿Qué área geográfica de acción comprende tu trabajo, tu “jurisdicción”?

En teoría, yo cubro Turquía, pero siempre me he apañado para hacer historias en los alrededores: el Kurdistán iraquí, Armenia, Chipre… Y más ahora que la “Primavera Árabe” lo ha puesto todo patas arriba. En este sentido, yo siempre digo que hay que ser como Wolverine, que a veces va con los X-Men, pero otras va por libre. Yo creo que tiene sentido viajar todo lo que uno pueda aunque te pagues tú el viaje, incluso aunque a veces pierdas dinero, porque así te fogueas, cobras perspectiva, y además tus jefes (o potenciales jefes) ven que eres un tipo solvente, a quien se le puede mandar de enviado especial con la tranquilidad de que sabrá moverse.

¿Sos de los más jóvenes entre tus colegas?

¡Ya me gustaría poder decir eso! Qué va, hay toda una generación ahora entre los 27 y los 30 que viene pisando muy fuerte, incluso algún chaval de veintipocos que está haciendo unas cosas alucinantes. Yo tengo 32 y llevo dando tumbos desde los 19. Uno comete menos errores de principiante, así que a menudo puedes sacar cosas más potentes, pero soy de los que piensa que el entusiasmo juvenil es una gran ventaja en esta profesión. Pasado un tiempo, empiezas a tener la sensación de que esto y aquello ya lo has visto antes, y se pierden un poco las ganas.

Tenés pocas pertenencias encima, se te advierte un tipo materialemente despojado… ¿eso responde mayormente a una filosofía de vida o tiene algún vínculo directo con tu trabajo?

No te creas, acumulo muchos libros, por ejemplo. Es que no me interesan demasiado los objetos, con algunas excepciones. Por ejemplo, soy un fanático de las libretas coreanas.

¿Con qué cosas viajas encima a unos días de trabajo fuera de casa?

Normalmente no llevo muchas cosas. Intento que la ropa sea versátil. Por ejemplo, en lugar de camisetas, intento viajar con polos, que sirven lo mismo para subir al monte que para una entrevista con un líder político. Llevo siempre dos cosas que mejoran mi calidad de vida: un pantalón cómodo (de equipo deportivo o de pijama), y unas babuchas marroquíes que no pesan nada. Así, los ratos que no estoy en la calle, me pongo cómodo… Para trabajar, llevo un ordenador, una cámara de fotos (reflex si no tengo que transportar otra cosa, compacta si me toca cargar con el equipo de video), un par de libretas coreanas y muchos bolígrafos. Y llevo tres libros: uno sobre el lugar al que voy, otro que no tenga nada que ver con el sitio (por ejemplo, si voy a Líbano, uno sobre Corea del Norte), y una novela grande, que me dure todo el viaje. A veces te equivocas y te traes algo que es un coñazo, así que los libros electrónicos son un gran avance… Si no tienes nada que leer, al menos puedes hacer sudokus.

¿Es un simplismo pensar en un periodista tan expuesto directamente a conflictos armados como alguien con poco apego a la vida? Ya sabés… ese estereotipo que permite a uno presuponer una persona un poco extraña… adicta a cierto tipo de adrenalina…

Hay de todo en esta viña del Señor, y desde luego te topas con depresivos, tipos que buscan que les peguen un tiro porque su novia les pone los cuernos con su mejor amigo, cosas así. Pero por lo general, es lo contrario: los corresponsales de guerra son la gente más vitalista que te puedes encontrar, y por eso no se resignan a ir todos los días a la oficina de ocho a cinco. Además, hay varios tipos de reportero de guerra: están los “action junkies”, que se meten en primera línea de fuego porque ahí es donde el chute pega más fuerte, y otros muchos que ven los toros desde la barrera, que suele ser gente más equilibrada, más “normal”. También está el que busca sabiduría, iluminación, comprender el lado oscuro del ser humano… Y hay mucho periodista que viene a la guerra por curiosidad, y se queda enamorado. Yo diría que eso es lo que me ha pasado a mí. El periodismo de guerra engancha.

Imagino que por más formación y preparación que hayas tenido habrá muchas cosas aprendidas en la práctica, que no enseñan en la academia formal, y que habrán sido fundamentales para mantenerte todavía hoy respirando con nosotros…

¿Sabes la sensación esa que tienes cuando llevas dos meses en un trabajo, y dices “He aprendido más en este tiempo que en los cinco años de universidad”? Pues esto es lo mismo, solo que aquí, si te equivocas, no lo cuentas… Sobre todo, lo que aprendes es a discernir. Desde fuera, la guerra, en abstracto, parece algo muy peligroso, pero una vez has pasado por una puedes distinguir cuándo estás más o menos a salvo, y cuándo las cosas se están poniendo jodidas de verdad. De todos modos, quiero puntualizar que yo no me considero un reportero de guerra. Soy un corresponsal de zona, y sucede que en mi zona hay guerras.

¿Cómo fue que terminaste con la amenaza de ponerte un tiro en la cabeza después de incursionar en territorio Sirio? Tuviste que hacer un video explicando tu inocencia en las acusaciones para que circulara…

Eso fue mala suerte, y un par de decisiones no demasiado inteligentes. Resulta que en diciembre del año pasado entré clandestinamente en Siria con los rebeldes del Ejército Sirio Libre, estuve un par de días en el territorio “liberado”, y cuando las cosas se pusieron feas me evacuaron junto con otros dos periodistas. Pero en el grupo de salida nos encontramos nada menos que con unos libios, que encima eran de perfil alto. Uno era Mehdi Al Harati, el ex comandante de la Brigada Trípoli, que había cumplido un papel fundamental en la caída de Gadafi. Por supuesto, yo lo escribí, y a los pocos días me dice un colega que los rebeldes sirios me quieren meter en una bolsa de plástico… Ahí se mezclaron varias cosas. En primer lugar, el régimen sirio utilizó mi artículo de una forma bastante sucia, como “demostración” de su tesis de que los insurgentes eran en realidad yihadistas de Al Qaeda pagados por la OTAN. Esto lo desmentí y lo desmiento ahora: los libios eran tres, y estaban en misión de inteligencia, no eran combatientes, pero a los defensores de Assad esa incongruencia jamás les ha molestado. Incluso el chalado de Thierry Meyssan (el tipo este de “La gran impostura”, el libro que dice que lo del avión contra el Pentágono es una farsa, que dicen que está a sueldo de Irán) escribió un artículo delirante en el que me mencionaba. De hecho, si googleas mi nombre, verás que me mencionan en siete u ocho idiomas, citando su nota… En fin, a los pocos días de mi visita hubo un bombardeo en la ruta que los rebeldes usaban para entrar desde Turquía, y murieron casi trescientas personas. Además, el ESL tenía topos en el “mujabarat”, el servicio de inteligencia del régimen, y estos les dijeron que habían pagado 40.000 dólares a un periodista para que les suministrase información. Y para colmo, un periódico libanés pro-Assad felicitó al régimen por haber engañado a los rebeldes utilizando a periodistas extranjeros, y daba expresamente mi nombre, y el de una irlandesa que parece ser que no existe. Así que ya ves, la tormenta perfecta. Y da igual que lo que yo escribí fuese verdad, y que el libio Mehdi Al Harati haya vuelto este verano a Siria por la puerta grande, esta vez como comandante de la “Brigada de la Comunidad de Creyentes”, dando entrevistas a la CNN. Unos por espía, otros por traidor, los rebeldes sirios me quieren dar boleto. Y el régimen tampoco me quiere demasiado, porque no les han gustado nada mis artículos, y por haber entrado ilegalmente en Siria dos veces. Me gustaría poder pensar que cuando los dos bandos de una guerra están cabreados contigo es que estás haciendo bien tu trabajo, pero la sensación que tengo es más bien de haberla cagado de lo lindo…

¿Ayuda a relativizar los problemas cotidianos que puede tener cualquier individuo, o de pronto vos mismo en tu vida diaria, el tomar contacto directo con urgencias que ya deciden la vida o la muerte de otras personas?

Desde luego, tras haber visto a gente que ha perdido un hijo en un bombardeo, que se te rompa la lavadora no te hace gracia, pero no te lo tomas como una tragedia. Pero a veces, por eso mismo, corres el riesgo de empezar a vivir en un mundo paralelo. Entre cooperantes y gente que va a zonas de crisis existe un concepto que llaman “el síndrome de la nevera nueva”, que consiste en que el muchacho vuelve a casa después de pasar seis meses en Darfur, está contándole a su madre las experiencias extremas por las que ha pasado, y de repente la señora le interrumpe y le dice: “¿Te has fijado, hijo, en que tengo una nevera nueva?”. Eso nos ha pasado a todos, es muy difícil que los demás entiendan en qué ámbito te mueves tú. En Laos conocí a un tipo que había sido hippie en los 70, y que después de haber pasado mucho tiempo en Afganistán volvió a la España tardofranquista, donde todo era gris y nadie viajaba más allá de Perpignan o, como mucho, Londres. Este tipo se pasó un año con depresión, porque era incapaz de comunicarse, de asimilar lo que le estaba sucediendo. Ahora es más fácil porque hay más gente en la misma situación. Por eso, este tipo de personas tiende a hacer piña.

¿Y puede uno acostumbrarse a éstas situaciones tan ásperas y dolorosas como las que te toca atestiguar en ocasiones? Es decir, generar a través de la costumbre y la exposición frecuente a ellas una suerte de inmunidad o distancia emocional a las mismas…

Ocurre de forma inevitable, porque no puedes empatizar con todas las víctimas de este planeta. Yo me di cuenta de que había cruzado esta línea hace cuatro años, en Mae Sot, en la frontera entre Tailandia y Birmania. Estaba filmando a una familia de refugiados birmanos que vivía en la basura, y lo único que venía a mi cabeza era “esta imagen es cojonuda”. Esa noche me dí mucho asco, pero es que no es culpa de uno mismo: estás expuesto a tanta mierda que, o te inmunizas, o te vuelves loco. Es también una especie de maduración: cuando ves lo que el ser humano es capaz de hacer, te vuelves más cínico, menos ingenuo. Eso no quiere decir que de vez en cuando no haya algo que te golpee. El año pasado, en El Cairo, vi cómo los soldados torturaban a un grupo de chavales, delincuentes comunes, en la calle, sin que pudiésemos hacer nada por evitarlo. Después de ese viaje, tuve un síndrome de estrés postraumático leve. O sea, es algo que tú no controlas.

¿Tenés un plan a término respecto de este trabajo o la idea de seguir haciéndolo indefinidamente?

Lo haré mientras se pueda, aunque las perspectivas no son muy positivas. Los medios, por lo general, no buscan “viejos caballeros del periodismo” que aporten perspectiva (y sean retribuidos en consecuencia), sino colaboradores jóvenes que se metan en todos los fregados por cuatro duros y sin exigir demasiado. Esta tendencia va a ir en aumento, y yo tengo claro que la energía de uno es limitada, y que con cincuenta años uno no puede hacer las mismas cosas –y a los mismos precios- que con treinta. Ahora mismo este trabajo está bien para coger experiencia y aprender cómo funciona el mundo, pero después habrá que hacer otras cosas: análisis, clases en la universidad…

Sos un tipo con un gran sentido del humor, de hecho has incursionado recientemente en la realización de un corto en tono de comedia que relata la escena que viven dos periodistas, atrapados en la línea de fuego, en la que uno ante la inminencia de una casi segura muerte decide confesarle al otro algo que no puede llevarse a la tumba… ¿cómo surgió eso? y más importante aún ¿cuándo y donde podrá verse?

El cortometraje es una comedia titulada “Una historia de amor y de guerra”, y es el cuarto que dirijo desde que vivo en Estambul. Lo hemos rodado en un barrio del centro, Tarlabasi, en el que están tirando los edificios para renovarlo, hasta el punto de que parece una zona de guerra. El año pasado, rebuscando en mi armario, me encontré con dos chalecos de reportero, y pensé: “deberíamos hacer un corto sobre corresponsales de guerra”. Y, casualidades de la vida, dos días después aterricé por azar en lo que después sería el escenario. Esa noche tenía que tomar un avión, y en el sopor del viaje se me ocurrió la trama. Busqué a dos actores medio profesionales, y el resultado es lo que veréis pronto. Ya está terminado, a falta de añadir algunos filtros de color, pero todavía tiene que pasar el circuito de festivales. Luego, como todo, ¡a internet!

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