
»Por Marcos
A mis viejos les gustaba ir a Piriápolis. ¿Qué hay en Piriápolis? ¡Absolutamente nada! Un casino, el Cerro del Toro y el Pabellón de las Rosas. Y montones de porteños viejos.
Lo mejor eran las maquinitas. Me pasaba horas metido ahí, pero sin jugar ni una ficha. No me daban plata. La única vez que mi viejo me tiró 10 mangos para jugar, me encajó: “eso es lo que gano en todo un día de laburo”. Tomá nene, divertite. Tampoco me dejaron ir a ver Rambo II en el cine de Parque del Plata, porque era “fascista”. Pero me escapé y la vi igual. Aguante el imperio.
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»Por Pedro Dalton
Juan Pablo llegó a su casa contento de que la madrugada aún era noche.
Lo esperaban un cuarto de whisky, cuatro cigarrillos y su cuaderno con tapas de cuero para escribir antes de dormir, como suele hacer todas las noches de la semana. Entre las rendijas de la persiana ve cómo la noche se hace clara escuchando Seventeen Seconds de The Cure, mientras escribe algún relato sencillo acerca de lo que no sucede.
En la puerta del edificio calculó, girando la llave, que le quedaban unos cuarenta minutos antes de que la claridad molesta se hiciera sentir. Y el tiempo le alcanzaba para escribir un cuento corto.
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»Por Andrea Blanqué
Un libro de 500 páginas de letra pequeña, lleno de notas e ilustrado, puede ser tu lectura ideal para la estación más hedonista del año. Se trata de Sexo solitario, una historia cultural de la masturbación, un recorrido por el autoerotismo desde los griegos y la Biblia hasta el siglo XXI.
La hipótesis central de Thomas Laqueur es que, si bien la masturbación se practicó desde tiempos remotos, se convirtió en la vedette de todos los vicios en el Siglo de las Luces, en el siglo XVIII. El desencadenante de tal maldición sobre esta práctica tan común y extendida habría sido un librito, un panfleto que circuló en las tabernas de Londres y que pronto se convirtió en un avasallante best-seller. Aunque su autor era anónimo, su título no dejaba lugar a dudas sobre la condena al autoerotismo: “Onania; o El atroz pecado de la autopolución y sus terribles consecuencias, indagado en ambos SEXOS, con consejos espirituales y físicos para aquellos que se han dañado con esta abominable práctica”.
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»Por Ivana Bajuk
»Desde mi silla
Aunque mi cuerpo quiere estar en el Caribe, tengo mucho más a mano el camino electrónico. Clic, clic. Abro pantallas y hoja en blanco.
»Comunicación electrónica
Empiezo un desliz e-spiritual tomando impulso en el trampolín de ese concepto. El de “comunicación electrónica”. Mundo e redondea porque llegó fin de año.
“Corremos atrás del progreso tecnológico con una conciencia y una sabiduría antiguas. Hay una disyunción. Una parte de nuestro cerebro fue capaz de desarrollar un poder instrumental increíble, tocar los códigos de la vida, la energía de la materia. Pero nuestra conciencia es arcaica: no nos brinda los elementos necesarios para controlar, dirigir, orientar la aceleración digital”.
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»Por Loquillo
Vuelvo a España con el eco de mis pasos en calles que recuerdan a la Barcelona de mi adolescencia. Vuelvo ojeando un libro de arquitectura que me pone al día sobre la influencia de la Bauhaus en los edificios de Montevideo.
El libro me tiene atrapado, sin dormir, como me pasó unas noches antes, cuando por una cuestión de vuelos y luego de una noche mágica ante el público bonaerense que llenó el Niceto Club, una luz de primera hora terminó por vulnerar mis defensas ya bastante deterioradas por el cambio de horario y de estación al que no termino de acostumbrarme.
Cierro puertas y ventanas de mi habitación en Montevideo, del hotel situado en el barrio antiguo. Jose Lapuente no deja de llamarme para que atienda a la prensa. Espero la hora de la cena, porque Carlos Taran -nuestro hombre en Montevideo- ha prometido presentarme a Gabriel Peluffo, cantante de Los Buitres, junto a un nutrido grupo de periodistas, escritores y poetas, que me reciben con emoción contenida. Todos juntos daremos debida cuenta de un asado. Una ceremonia que se repetirá durante los días que dura nuestra presencia en la ciudad y que será tema de todo tipo de chascarrillos al respecto.
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»Invitado: Daniel Mella
[Recuerdo, con una mezcla de emociones, la última vez que tuve un cuerpo moribundo entre manos. Fue hace cerca de seis o siete años. Recuerdo detalles que ahora me parecen absurdos, y a veces hasta llego a pensar que son producto de la ficción que el tiempo instala en nuestras cabezas]
Era de noche y yo subía las escaleras con una bolsa del almacén. Era mi voz quejosa la que retumbaba, o mis pasos, o la voz de otro; pero se trataba de un sonido grave y tan atronador que no me permitió escuchar los finos gemidos de Adela, una mujer gorda que se había mudado sola hacía menos de un mes y que ahora estaba tirada en un entrepiso al final de la escalera. Me arrodillé a su lado y le examiné las piernas, entre palabras de agradecimiento y auxilio que ella mezclaba, hipando. Tenía la pierna derecha quebrada, a la altura de la rodilla. La ayudé a subir los dos pisos hasta mi apartamento, tuve que cargarla, y ésa fue mi última demostración de fuerza. Enseguida de haberla dejado recostada en el sofá, me acometió una inmensa fatiga, decidida a instalarse en la profundidad de mi cuerpo para siempre. Me sostuve de lo que tenía a mano, descansé largos minutos pero no pude trasladarla a la cama. Por lo que pasó el resto de sus días tumbada en aquel sofá.
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»Por Kira
De niña siempre quería que llegaran las vacaciones para dejar de ir a la escuela y porque sabía que tenía tres meses para jugar con mis amigos prácticamente las veinticuatro horas del día. Si durante el año tenía prohibida la salida a la calle, porque en mi barrio había muchos varones y casi todos eran niños “malos”, a los que yo quería mucho, en el verano mis padres no ponían objeciones para que también me volviera “pandillera”.
No iba a la playa. No tenía la necesidad porque el cemento ardiente de Montevideo, en enero, me resultaba más atractivo. O no hacía tanto calor, o no lo sentía, pero lo cierto es que las atracciones de mis veranos pasaban lejos de la arena y el mar.
El tiempo pasó, crecí, me mudé, y se me ocurrió tener un novio, un novio que me duró hasta diciembre, porque a fin de año armó el bolso y se fue de vacaciones –como lo hacía siempre- a la casa del abuelo donde veraneaba cada año desde que tenía uso de razón. Ese verano me sentí Penélope. Él volvió, pero el calor había derretido y hecho desaparecer todo ese supuesto “amor” que nos teníamos.
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»Por Ignacion Quartino
Al Jazzeera llegó al Río de la Plata. Desde una oficina ubicada en una de las zonas más caras de la capital porteña, un grupo de periodistas aborda los sucesos más relevantes del continente con informes especiales que llegan a más de 100 millones de personas.
Las imágenes se repitieron una y otra vez. Hasta el cansancio. O, mejor dicho, lo suficiente para recordarle al mundo que los dos aviones que se estrellaron el 11 de septiembre de 2001 contra las Torres Gemelas cambiaron el transcurso de la historia reciente y, por supuesto, la de los medios.
Antes de esa fecha, para la mayoría de los occidentales, Osama Bin Laden podía ser el nombre de un jeque dueño de pozos petroleros. Al Qaeda, un club de fútbol de Emiratos Árabes. Después de 11-S no es necesario explicarle al mundo quiénes son y qué significan, especialmente para Estados Unidos. CNN se encargó de difundirlo a través de sus cadenas.
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»Por Gustaf
Un verano comprobé que la vida puede llegar a ser maravillosa para cualquiera. Caminaba por la playa. Hacía frío. No había nadie en la costa. Sólo un pescador y su mujer acompañándolo. Ella aguantaba valiente que el estúpido sacara algún pescado. Me llamó la atención.
Estaba sentada en una sillita playera. Pelaba una naranja que sacó de un táper. La pelaba con estilo. Con un cuchillito tipo serrucho. Tramontina. Su cuerpo se meneaba demasiado en esa intrascendente acción. Era una cachonda. Tendría unos cuarenta años. Ese cuerpo hablaba. Pedía algo.
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»Por Pedro Dalton
Es un mes confuso en cuanto a estados sentimentales. Flota una alegría con olor a pólvora y jazmín. Tíos mamertos y divertidos, que no están, cambian por primos lejanos de una vez al año.
Las ocho menos cuarto. Matías desde su cama miraba la intermitencia mágica de las guirnaldas del arbolito de plástico. Escuchaba Los Estómagos. Se acariciaba el abdomen para aliviar la emoción que le estrujaba los músculos por la fuerza imponente de las canciones del disco. El sonido de los cubiertos golpeando los platos cuando sus padres preparaban la mesa, tampoco lograba sacarlo del trance de los cambios de color del algodón simulando nieve, y menos de la tristeza que disfrutaba imaginando los lugares vacíos que habría en la mesa.
Los veteranos se habían ido muriendo. Todo era tan natural que a pesar de haber sucedido en el lapso de dos años, sintió la falta de los tres -abuela, tío Raúl y tío Rolando-, justo en esta fecha. Por supuesto que el dolor de esas desapariciones estaba aceptado, y por esto se encantaba con el bienestar melancólico al recordar los gestos y frases de los veteranos, que hacían imagen en las profundas melodías del disco.
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