A mis viejos les gustaba ir a Piriápolis. ¿Qué hay en Piriápolis? ¡Absolutamente nada! Un casino, el Cerro del Toro y el Pabellón de las Rosas. Y montones de porteños viejos.
Lo mejor eran las maquinitas. Me pasaba horas metido ahí, pero sin jugar ni una ficha. No me daban plata. La única vez que mi viejo me tiró 10 mangos para jugar, me encajó: “eso es lo que gano en todo un día de laburo”. Tomá nene, divertite. Tampoco me dejaron ir a ver Rambo II en el cine de Parque del Plata, porque era “fascista”. Pero me escapé y la vi igual. Aguante el imperio.
»Si, si; como lo leyeron
»Y sino miren el video.
»Por Freeway Web
Los chilenos plagiaron a Cacho Bochinche a cara de perro. Sigan leyendo este artículo y descubran uno de los grandes afanos que se le realizó a la cultura uruguaya. Y no es joda.
Juan Pablo llegó a su casa contento de que la madrugada aún era noche.
Lo esperaban un cuarto de whisky, cuatro cigarrillos y su cuaderno con tapas de cuero para escribir antes de dormir, como suele hacer todas las noches de la semana. Entre las rendijas de la persiana ve cómo la noche se hace clara escuchando Seventeen Seconds de The Cure, mientras escribe algún relato sencillo acerca de lo que no sucede.
En la puerta del edificio calculó, girando la llave, que le quedaban unos cuarenta minutos antes de que la claridad molesta se hiciera sentir. Y el tiempo le alcanzaba para escribir un cuento corto.
En su novela y guía básica de filosofía de 1991, El mundo de Sofía, el noruego Jostein Gaarder usaba como metáfora, para explicar la teoría atomista del griego Demócrito, las piezas del Lego. Si para Demócrito el átomo era la unidad mínima y básica del universo, de cuya agrupación nacían todas las restantes formas existentes, para Gaarder no había mejor símil de un átomo que una pieza de Lego. Una pieza de Lego, pieza única e indivisible, junto a otras piezas de Lego, son capaces de formar lo que sea, desde una réplica de la plaza Trafalgar en Londres hasta un fórmula uno. A partir de una pieza pequeña y sencilla se puede construir todo lo demás, esa es la magia del Lego (y más de su original el átomo).
El nombre clave para el Lego es Ole Kirk Christiansen, un humilde carpintero danés, que pasó de ser un vendedor minorista de juguetes de madera a convertirse en el demiurgo de un expansivo universo de plástico. Christiansen arrancó su taller de carpintería cuando aún no terminaba la Primera Guerra Mundial, un 22 de enero de 1918. Empezó fabricando muebles de madera para granjeros de la zona, hasta que su negocio fue consumido por el fuego en 1924. Cuando retomó la carpintería al año siguiente, Christiansen decidió que además de fabricar muebles también iba a hacer juguetes. Así nacía entonces lo que con el tiempo pasaría a ser una respetada y multimillonaria empresa de jueguetes de plástico. En el camino de la madera al plástico, un carpintero nórdico revolucionó la imaginería y la ingeniería del mundo del juguete.
El lunes 28 de enero se cumplieron 50 años de la creación de la pieza del Lego, nombre que proviene del danés leg godt, y que traducido al castellano significa juega bien. El mismo año en que nace el bloque básico del Lego, 1958, es también el año en que muere su creador, Ole Kirk Christiansen. El carpintero vivió lo suficiente para dejar perfeccionada la unidad básica, pero no así para ver la imponente expansión de su compañía, que ya en 1968 vendía más de 20 millones de juegos de Lego en todo el mundo.
Hoy en día, a 50 años de su aparición y a 90 de la apertura del primer taller de Christiansen, existen gigantescos parques temáticos de Lego en distintas ciudades del mundo. El éxito de la realidad atomista es el éxito del Lego: cada pequeño ladrillo forma parte de un sistema, que, sin importar su formar o tamaño, es perfectamente compatible con el resto del sistema. Actualmente, se fabrican más de 2 millones de bloques Lego por hora.
Entre las innumerables construcciones que se hicieron y se pueden hacer con el Lego, están aquellas que fusionan un mundo tecnológico informático de fantasía con un mundo tecnológico de plástico y fantasía. Por ejemplo, el Mario Lego, el choque perfecto entre la ternura mitológica nórdica y la ambición futurista nipona. Lo que Demócrito teorizó un danés imitó, y un usuario de Internet combinó todo aquello con el ingenio electrónico japonés. Algo parecido a historia y globalización
Un libro de 500 páginas de letra pequeña, lleno de notas e ilustrado, puede ser tu lectura ideal para la estación más hedonista del año. Se trata de Sexo solitario, una historia cultural de la masturbación, un recorrido por el autoerotismo desde los griegos y la Biblia hasta el siglo XXI.
La hipótesis central de Thomas Laqueur es que, si bien la masturbación se practicó desde tiempos remotos, se convirtió en la vedette de todos los vicios en el Siglo de las Luces, en el siglo XVIII. El desencadenante de tal maldición sobre esta práctica tan común y extendida habría sido un librito, un panfleto que circuló en las tabernas de Londres y que pronto se convirtió en un avasallante best-seller. Aunque su autor era anónimo, su título no dejaba lugar a dudas sobre la condena al autoerotismo: “Onania; o El atroz pecado de la autopolución y sus terribles consecuencias, indagado en ambos SEXOS, con consejos espirituales y físicos para aquellos que se han dañado con esta abominable práctica”.
Aunque mi cuerpo quiere estar en el Caribe, tengo mucho más a mano el camino electrónico. Clic, clic. Abro pantallas y hoja en blanco.
»Comunicación electrónica
Empiezo un desliz e-spiritual tomando impulso en el trampolín de ese concepto. El de “comunicación electrónica”. Mundo e redondea porque llegó fin de año.
“Corremos atrás del progreso tecnológico con una conciencia y una sabiduría antiguas. Hay una disyunción. Una parte de nuestro cerebro fue capaz de desarrollar un poder instrumental increíble, tocar los códigos de la vida, la energía de la materia. Pero nuestra conciencia es arcaica: no nos brinda los elementos necesarios para controlar, dirigir, orientar la aceleración digital”.
»La fokin’ moda en Uruguay
»El 6 de marzo en el Palacio Peñarol
»Por Freeway Web
Después de ganar varios Grammy latino y terminar por convertirse en la “fokin’ moda”, los boricuas Calle 13 se van a presentar por primera vez en Montevideo el próximo 6 de marzo, en el Palacio Peñarol. El anuncio oficial de esta llegada la hará Majareta Producciones en los días venideros. Desde aquí, anticipamos al oficialismo para anunciar el arribo del dúo puertorriqueño más caliente del momento. En su blog “oficial” ya confirmaron su presencia en Buenos Aires el 1 de marzo. De ahí cruzarán a Montevideo para copar el Palacio “carbonero”, en lo que seguramente sea una fiesta combo popular-cool. Es que, como canta René Pérez alias Residente, principal letrista del dúo, “Yo sé que yo soy la fokin’ moda, tú llegaste tarde vete pa’ la cola”.
Vuelvo a España con el eco de mis pasos en calles que recuerdan a la Barcelona de mi adolescencia. Vuelvo ojeando un libro de arquitectura que me pone al día sobre la influencia de la Bauhaus en los edificios de Montevideo.
El libro me tiene atrapado, sin dormir, como me pasó unas noches antes, cuando por una cuestión de vuelos y luego de una noche mágica ante el público bonaerense que llenó el Niceto Club, una luz de primera hora terminó por vulnerar mis defensas ya bastante deterioradas por el cambio de horario y de estación al que no termino de acostumbrarme.
Cierro puertas y ventanas de mi habitación en Montevideo, del hotel situado en el barrio antiguo. Jose Lapuente no deja de llamarme para que atienda a la prensa. Espero la hora de la cena, porque Carlos Taran -nuestro hombre en Montevideo- ha prometido presentarme a Gabriel Peluffo, cantante de Los Buitres, junto a un nutrido grupo de periodistas, escritores y poetas, que me reciben con emoción contenida. Todos juntos daremos debida cuenta de un asado. Una ceremonia que se repetirá durante los días que dura nuestra presencia en la ciudad y que será tema de todo tipo de chascarrillos al respecto.
[Recuerdo, con una mezcla de emociones, la última vez que tuve un cuerpo moribundo entre manos. Fue hace cerca de seis o siete años. Recuerdo detalles que ahora me parecen absurdos, y a veces hasta llego a pensar que son producto de la ficción que el tiempo instala en nuestras cabezas]
Era de noche y yo subía las escaleras con una bolsa del almacén. Era mi voz quejosa la que retumbaba, o mis pasos, o la voz de otro; pero se trataba de un sonido grave y tan atronador que no me permitió escuchar los finos gemidos de Adela, una mujer gorda que se había mudado sola hacía menos de un mes y que ahora estaba tirada en un entrepiso al final de la escalera. Me arrodillé a su lado y le examiné las piernas, entre palabras de agradecimiento y auxilio que ella mezclaba, hipando. Tenía la pierna derecha quebrada, a la altura de la rodilla. La ayudé a subir los dos pisos hasta mi apartamento, tuve que cargarla, y ésa fue mi última demostración de fuerza. Enseguida de haberla dejado recostada en el sofá, me acometió una inmensa fatiga, decidida a instalarse en la profundidad de mi cuerpo para siempre. Me sostuve de lo que tenía a mano, descansé largos minutos pero no pude trasladarla a la cama. Por lo que pasó el resto de sus días tumbada en aquel sofá.
De niña siempre quería que llegaran las vacaciones para dejar de ir a la escuela y porque sabía que tenía tres meses para jugar con mis amigos prácticamente las veinticuatro horas del día. Si durante el año tenía prohibida la salida a la calle, porque en mi barrio había muchos varones y casi todos eran niños “malos”, a los que yo quería mucho, en el verano mis padres no ponían objeciones para que también me volviera “pandillera”.
No iba a la playa. No tenía la necesidad porque el cemento ardiente de Montevideo, en enero, me resultaba más atractivo. O no hacía tanto calor, o no lo sentía, pero lo cierto es que las atracciones de mis veranos pasaban lejos de la arena y el mar.
El tiempo pasó, crecí, me mudé, y se me ocurrió tener un novio, un novio que me duró hasta diciembre, porque a fin de año armó el bolso y se fue de vacaciones –como lo hacía siempre- a la casa del abuelo donde veraneaba cada año desde que tenía uso de razón. Ese verano me sentí Penélope. Él volvió, pero el calor había derretido y hecho desaparecer todo ese supuesto “amor” que nos teníamos.