Señales de humo
»Sobre el hombre que en el siglo XVI introdujo el tabaco a Inglaterra.
»La frase: “La diferencia era el peso del humo”
»Tiempo de lectura: 1′44”
La historia de Sir Walter Raleigh, el hombre que en el siglo XVI introdujo el tabaco a Inglaterra, ganó una apuesta asegurando que era capaz de medir el peso del humo, se convirtió en uno de los grandes amantes de Isabel I, la reina virgen, y cerró su vida con un final trágico y solitario. Casi 500 años después, John Lennon lo citó en una recordada canción de los Beatles.
En el año 1558 subió al trono de Inglaterra Isabel I, reina protestante, hija de Ana Bolena, la segunda mujer del rey Enrique VIII, que, tras ser acusada de integrar un complot que pretendía atentar contra la vida de su marido, fue decapitada el 19 de mayo de 1536, sin encontrarse prueba alguna en su contra, y sentenciada por un tribunal que presidía su tío.
Tras la aberración, Enrique VIII continuó casándose, lo hizo seis veces en total, mientras que la pequeña Isabel, fruto de su matrimonio con Bolena, fue criada apartada de la corte hasta que Catalina Parr, sexta mujer de su padre, se encariñó con ella y la reintegró al séquito cortesano.
Isabel I tuvo un desempeño decisivo como monarca de Inglaterra: puso fin a los enfrentamientos religiosos que asolaban su país, selló la paz con Francia concluyendo una prolongada guerra, triunfó militarmente sobre el imperio más importante de la época, el de España, cuyo declive político y militar se inició a partir de aquella derrota, y, finalmente, sentó las bases comerciales para hacer de la isla la principal potencia económica del planeta con el correr de los siglos.
Por supuesto que todo esto no lo hizo sola. En lo político contó con el brillante asesoramiento de sus ministros, y en lo militar y comercial, con la intrepidez y la astucia de sus corsarios, consumados navegantes, que conquistaron tierras y establecieron importantes rutas marítimas para el incipiente imperio; entre ellos, los de mayor renombre fueron Francis Drake y Martin Frobisher, pero también Sir Walter Raleigh, uno de los preferidos de la reina virgen (así se la llamó porque nunca contrajo matrimonio).
Raleigh fue expedicionario, escritor y, condición que le valió el privilegio real, uno de los tres amantes reconocidos de Isabel I. Se dice de él que era una persona astuta, audaz y sumamente caballero, tanto, que se le atribuye, sin rigor histórico, haber sido el inventor de la caballeresca costumbre de arrojar la capa sobre el barro para que no se le ensucien los pies a la amada.
Este personaje, citado por John Lennon en una de sus canciones de la época beatle (I´m so tired, Álbum blanco, 1968), mezclaba indistintamente la galantería con la bravura despiadada del combate. Peleó de muy joven en Francia junto a los hugonotes (protestantes franceses) en contra de los católicos de ese país, enfrentó y venció a las fuerzas papales en Irlanda, y realizó diversas incursiones de piratería contra los dominios coloniales españoles, pero con poco éxito. Pronto se ganó más que la simpatía de la reina, y recibió favores, posesiones y riquezas descomunales.
Integró su corte asumiendo los beneficios como las contrariedades del poder. Se enamoró perdidamente de Isabel, y sufrió las consecuencias del amor no correspondido cuando fue desplazado por un nuevo pretendiente. Como explorador, en uno de sus periplos más recordados, Raleigh descubrió y bautizó lo que es actualmente el Estado de Virginia (EEUU), que dio nombre al tipo de tabaco allí cultivado, e introdujo por primera vez el tabaco en Inglaterra. De aquí se desprende una de esas anécdotas que perviven en la historia más allá del contexto y de la vida de los personajes involucrados, pero que destacan el ingenio del protagonista y la fascinación por el artilugio. Ya en la corte, Raleigh apostó de que era capaz de pesar el humo. Algo extraño por lo intangible, casi como pesar un sentimiento.
Pero Sir Walter se la sabía bien. Tomó un cigarrillo nuevo, lo puso en una balanza y lo pesó. Después lo encendió y se lo fumó, echando cuidadosamente la ceniza en el platillo de la balanza. Cuando lo terminó agregó la colilla a la ceniza, pesó el conjunto y restó esa cifra del peso original del cigarrillo entero. La diferencia era el peso del humo. Embolsó las ganancias de su astucia, y 20 años más tarde murió decapitado por orden de un nuevo rey, Jacobo I, que evidentemente no lo quería tanto, y que además intentó prohibir el consumo de tabaco en la isla.
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»Wed 14 | February 2007
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la diferencia no era el peso del humo, era tener o no tener la reina.
That´s the cuestion, honey.
Y la reina lo encerró en la famosa torre de londres a éste, por un buen tiempo.
La anécdota del peso del humo la cuenta un personaje de la película Smoke, el escritor.